MARCELA. Sí, señora: yo creo que hay de todo. Sin tener novio, me parece que se puede opinar que hay de todo.
DOÑA CLARINES. Indudable: se puede opinar. Pero cuando seguramente se opina es teniéndolo. Las mujeres no defienden nunca a los hombres: defienden a un hombre nada más.[41]
MARCELA. Cuando usted lo dice… Más sabe usted de eso que yo.
DOÑA CLARINES. De eso y de cuanto hay que saber, monicaca. Otro día, amaneciste con un catarro que no se te entendía lo que hablabas, y yo me opuse a que pasaras ahí enfrente. La rabieta que te dió, de esas silenciosas, de no cruzar la palabra[42] con nadie ni por educación, no se la toma ninguna muchacha más que a cuenta del novio. Ya bajas la vista.
MARCELA. No…
DOÑA CLARINES. Sí. El domingo pasado, se prolongó la vista más de la costumbre… y viniste muy colorada y con un dedo manchado de tinta.[43] Marcela se mira disimuladamente la mano derecha. De la mano derecha, sí. Yo te pregunté: ¿Qué traes, chiquilla? ¿Qué sofoco es ese? ¿Cómo has tardado tanto? «Porque… porque he estado jugando a la pelota»—me respondiste. ¡Ah, caramba! Esta niña se mancha la mano de tinta, jugando a la pelota. ¡Y la pelota, que aún está en el tejado, era una carta de tres pliegos! Marcela compunge el semblante. No; no empiecen ahora los pucheros y las lagrimitas. Me has engañado como yo no merezco. Tienes un novio como un castillo, le escribes ahí enfrente, y ahí enfrente recibes sus cartas, que vienen a nombre de doña Sebastiana, la tía de tu amiga. Son las únicas cartas de amor que ha recibido esa tarasca en el siglo y medio que lleva a cuestas.
MARCELA. Perdóneme usted, tía. Quiero mucho a mi novio… y temí que usted se opusiera a las relaciones.
DOÑA CLARINES. ¿Es algún bandolero?
MARCELA. No, señora; por Dios… Si es más bueno…[44] más bueno es…
DOÑA CLARINES. ¿Entonces por qué había de oponerme?