MARCELA. Como tiene usted ese genio tan raro…
DOÑA CLARINES. ¿También tú? Yo nunca me aparto de lo justo; y las rarezas de mi genio consisten en que le digo las verdades al lucero del alba. ¿Conocía tu padre estos amores?
MARCELA. No, señora; tampoco.
DOÑA CLARINES. Pues de tu padre no te ocultarías por mal genio.[45]
Alguna maca tendrá el señorito. ¿Quién es? ¿Cómo se llama?
MARCELA. Miguel.
DOÑA CLARINES. ¿Miguel qué? Marcela calla. ¿Miguel qué? ¿Estás como
Daría? ¿Necesitas preguntárselo a Crispín?
MARCELA. ¡Qué cosas tiene usted! Confíe usted, tía, en que yo no había de ponerme en relaciones con quien no mereciera mi cariño. Es un muchacho como hay pocos: para mí como no hay ninguno. Es arquitecto: trabaja mucho; tiene un gran porvenir. Cuando murió mi padre, nuestras relaciones no habían hecho más que empezar… ¡y si viera usted qué consuelos tan delicados debo a su cariño; qué alientos me dió para calmar mi pena; para seguir la vida tan sola!…[46] Lo quiero mucho, mucho, mucho; más que a nadie. Y ya verá usted cómo él lo merece.
DOÑA CLARINES. Bien está. Basta de inocente palabrería. Tú eres muy niña para juzgar a ningún[47] hombre. Cada «te quiero» de ellos es un veneno que nos parece miel, por la pérfida dulzura de esas dos palabras.
MARCELA. No me asusta usted: estoy muy segura.
DOÑA CLARINES. Eres una mocosa. Pero tan segura como estás tú necesito estar yo.