DOÑA CLARINES. Se perdía[54] bien poca cosa si se muriera. Es un solterón egoísta, que ha vivido siempre de chupar la sangre de los pobres. Los sobrinos están deseando que dé un estallido. La prueba es que todos los médicos les parecen pocos.[55] Pero, bien, eso allá usted con su conciencia. Si la tiene:[56] porque en la carrera de usted la conciencia anda por las nubes. Fortuna que yo gozo de una salud inalterable. No padezco más que ataques de sentido común.
LUJÁN. Estupefacto. Hem…
DOÑA CLARINES. ¿Se van ustedes de paseo, verdad?
DON BASILIO. Me lo llevo por ahí un ratillo.
LUJÁN. Ya lo oye usted.
DOÑA CLARINES. Bien. La puerta de mi casa se cierra a las once para todo el mundo. El que a las once no esté aquí duerme en un banco de la Plaza Mayor. La estupefacción de Luján se acentúa. Hay más. Si se viene a las diez y media, y se viene borracho, es como si se viniera fresco después de las once: en la calle se duerme también.
DON BASILIO. Clarines, por… por amor de Dios; alguna vez piensa lo que dices.
DOÑA CLARINES. No pienso nunca lo que digo; y bueno es que lo sepa usted, caballero… Cuanto digo lo digo porque me nace en el corazón; y como antes de llegar a la cabeza pasa por la boca, se me sale siempre sin pensarlo.[57] Buenas noches.
LUJÁN. A los pies de usted.
Éntrase doña Clarines por la puerta de la derecha. Luján y don Basilio se miran sin palabras largo tiempo.