MARCELA. Esta noche tiene para todos.[58] ¡Ay, Dios mío!

DON BASILIO. Abrázame, Isidoro.

LUJÁN. Calla, hombre, calla.

DON BASILIO. ¿Está esa mujer en sus cabales? ¿Eh? Con franqueza. ¿Está en sus cabales?

LUJÁN. Con franqueza; lo que es juzgándola por impresión… está como una cabra. Baja la voz al decir esto.

DON BASILIO. No; no te recates de Marcela… Calcula tú la pobre: ¡la tiene que aguantar noche y día!

LUJÁN. Y la cuestión es que, a poco que se mediten sus palabras, se ve que en rigor no ha dicho nada que sea absurdo. Porque, ¿qué es lo que ha dicho, después de todo? Que don Rodrigo es un chupa-sangre. Eso nos consta, desgraciadamente. Que los sobrinos están deseando que se muera. No lo sé; pero es muy humano. Que cada día traen un médico para conseguirlo. Sí… es un sistema que suele dar resultados muy satisfactorios. Que si[59] los médicos no tenemos conciencia, que si ella goza de salud excelente, que si sólo padece ataques de sentido común… Nada de esto es desatinado, en ley de Dios.

DON BASILIO. Nervioso. Pero, hombre, Isidoro; no me digas. ¿Y la manera de… de…? Es la primera vez que te habla, y… ¡Vamos, que soltarte que la puerta de esta casa se cierra a las once!… ¡Carape!

LUJÁN. Ahí tienes una cosa que, lejos de haberme molestado, la encuentro muy bien.[60] No he podido conseguirla en mi casa, pero la encuentro bien. Ahora, aquello de que si a las diez y media se llega borracho… ¿Tú bebes? ¿Tú te recoges borracho algunas noches?

DON BASILIO. ¡Nunca! ¡Que te lo diga ésta![61] ¡Eso es una pata de gallo! ¡Cuando se enreda la madeja y tomo cuatro copas de más… vengo siempre por la mañana!