TATA. ¡Aaaaah!

MARCELA. Ahora que he estado lejos de él, he visto que mi vida es la suya. Paso que daba, paso que me parecía inspirado por él.[67] ¡Lo que charlamos él y yo a tantas leguas de distancia! Algunas veces me ha sorprendido doña Clarines por el jardín, y me ha dicho: «Chiquilla, ¿estás hablando sola?» «Sí, tía.» Y la engañaba. No estaba hablando sola: hablaba con él.

TATA. ¡Aaaaah!

MARCELA. Si él no me quisiera, mi vida valdría mucho menos: desde que él me quiere vivo más. Y si me dijeran que para vivir a su lado tendría que dar los ojos, los ojos daría: que yo sé que, sin ver, siempre encontraría su mano que me guiase. ¿Comprende usted cuánto lo quiero?

TATA. Comprendo la regañina de la tía. ¿Y es de Madrid por ventura ese lazarillo?

MARCELA. De Madrid. Pero está en Guadalema ya.

TATA. ¿En Guadalema? ¿Y cuándo ha venido?

MARCELA. Esta mañana.

TATA. ¿Lo sabe doña Clarines?

MARCELA. Lo sospecha; no lo sabe de cierto. Ni sabe tampoco que esta noche voy a hablar con él.