TATA. ¿Esta noche? ¿Dónde?

MARCELA. Abajo en el jardín. Por la verja.

TATA. No; eso, no; por la verja, no. Aquí no se hace nada sin que ella lo consienta, y yo sé que eso no lo consentiría. ¡Buena íbamos a armarla! ¡Santo Dios!

MARCELA. Tata, si no es más que esta noche. Si él ha venido a Guadalema para hablar con mi tía; pero antes es preciso que los dos hablemos… Es un caso éste… son unas circunstancias… Para que usted lo comprenda de una vez le diré el nombre de mi novio: Miguel Aguilar.

TATA. ¿Miguel Aguilar?

MARCELA. Hijo de don Guillermo Aguilar.

TATA. Espantada. ¡Ánimas benditas del Purgatorio! ¿Qué me dices, nena?

MARCELA. ¿Ve usted, Tata, qué misterios tiene la vida? ¿Por qué he venido yo a parar a la única casa donde el nombre de Miguel Aguilar lleva consigo un recuerdo tan doloroso?

TATA. ¡Aaaaah! ¡Cuando doña Clarines se entere!… ¡Qué turbamulta!
¡Dios de Dios! ¡Remover al cabo de los años aquellas memorias!… ¡Don
Guillermo Aguilar… el padre de!… ¡Aaaaah! ¡El Señor nos coja
confesados![68]

MARCELA. ¿Cree usted que no perdonará doña Clarines?