TATA. ¡A ese hombre, nunca!

MARCELA. ¿Pero tan grave fué?…

TATA. ¡Tan grave, dices!… Con pasión. Los cabellos de la señora eran negros como el ébano mesmo, y en un año se tornaron blancos como ahora los ves. ¡Don Guillermo Aguilar! ¡En mal hora vino a Guadalema! ¡Maldita sea su casta!

MARCELA. Su casta, no, Tata.

TATA. ¡Bueno, su estampa! ¡Igual me da! Enardeciéndose y exaltándose por momentos. ¡Condenado hombre!… ¡Ladrón de corazones! ¡Pillo! ¡que mató en mi señora la alegría de siempre! ¡Para esas muertes no hay horcas ni justicia, pero debiera haberlas!

MARCELA. ¡No grite usted; no se entere la tía!

TATA. Tentada estoy de ir a despertarla y contárselo todo. ¡El don Guillermo! ¡el don Guillermo![69] ¡Menos dones y más buenas aciones! En Guadalema se presentó, y fué el rey. Venía de Madrid. Entonces decir aquí de Madrid era poco menos que decir de los Chirlos Mirlos. Tenía buena presencia, y mucho señorío postizo en los movimientos y en las palabras. De calle se llevaba a la gente.[70] ¡Ladrón! La nena, tu tía, porque nena era en aquel tiempo, se prendó de él… ¡Y de qué manera se prendó! No veía con más luz que la de los ojos azules de aquel hombre. Le entregó su corazón y su alma de paloma; le entregó su vida. En este jardín se hablaban por las noches, sin otros testigos que yo… y Clavel, un perro que él traía. ¡Bien me acuerdo… y se me cuajan los ojos de lágrimas! Si aquello hubiera acabado como empezó… ¡qué gloria del mundo!… No sería así doña Clarines.

MARCELA. ¿Dice usted que se veían en el jardín?

TATA. En el jardín. ¡Qué discurrir el suyo por entre los árboles, cogidos de la mano! ¡Qué esquivar unas veces, por juego, los sitios donde la luna daba, y qué buscar la luna otras veces, por juego también! ¡Qué taparse las bocas de pronto, para atajar la risa, no los descubriera![71] ¡Qué despedidas allá en la verja, de cada vez más largas,[72] sin encontrar nunca la última palabra que habían de decirse! ¡Aaaaah! Cuántas veces tuve yo que llegarme a ellos y advertirles: «Que empieza a clarear.»

MARCELA. Me ha hecho usted llorar, Tata.