TATA. El caso no es para reír ciertamente. Pues escucha: una noche de aquéllas, duró la despedida más tiempo. Cantaban las alondras cuando él se fué. «Hasta mañana»—le dijo. Yo lo oí. Y no volvió más.

MARCELA. ¡Jesús!

TATA. ¡Ésa fué su hazaña!

MARCELA. ¡Qué espanto!

TATA. A la noche siguiente, cuando le esperábamos como todas, vimos llegar a la verja al pobre Clavel. Venía solo. No quiso seguir a su amo. ¡Qué leción! ¿Te parece? Aquí se quedó desde entonces. Cuando murió, lo enterré yo en el mesmo jardín, allá junto a la tapia. Silencio. De lo que la nena sufrió nada he de decirte. No podría. Tú, que tanto quieres, y que la ves a ella, imagínalo. A la muerte estuvo. Y el mesmo cambio que se hizo en sus cabellos, se hizo en su corazón. Es otra; otra.

MARCELA. ¡Dios mío! No sé qué pensar… Me estremece cuanto usted me ha dicho… ¡Pobre señora! Pero yo estoy segura, Tata…

TATA. ¡Segura estaba ella!

MARCELA. No, Tata, no; éste no es como aquél: éste es el mío. Y éste no miente; éste no engaña… ¡pero esta noche más que nunca necesito oírlo! ¿Vendrá usted conmigo al jardín?

TATA. No, nena; no bajes al jardín…

MARCELA. ¿Por qué no, Tata? Usted que fué buena entonces, séalo ahora.[73]
¡Esta noche necesito oírlo!