DON BASILIO. ¡No puedo acostumbrarme! ¡Un Olivenza, un descendiente del señor de la Torre de Olivenza viviendo asalariado por su hermana! ¡No puedo acostumbrarme! Me quema la mano esta moneda.

DOÑA CLARINES. Pues suéltala.

DON BASILIO. Suspirando, después de mirar a doña Clarines y de guardarse el duro. ¡Ay, ay, ay!

DOÑA CLARINES. Si el descendiente de los Olivenzas no hubiese despilfarrado la hacienda que le legaron sus mayores, emborrachándose cuanto ha podido con todo linaje de gentuza, otro gallo le cantaría.

DON BASILIO. ¡Un duro diario! ¡Ni siquiera el paquete de los treinta duros al mes! ¡Un duro diario! No hay manera de especular: compréndelo, Clarines.

DOÑA CLARINES. Empecé dándote los treinta reunidos el día primero de cada mes, y el día cinco ya no tenías un céntimo. Tuya es la culpa de haber venido a parar a esta situación que encuentras bochornosa.

Sale LUJÁN por la puerta de la izquierda. Trae sombrero.

DON BASILIO. Dirigiéndose a él. ¡Ay, Isidoro; compadece a tu pobre amigo!

LUJÁN. ¿Pues?

DOÑA CLARINES. Cualquier cosa dirá ese badulaque.