LUJÁN. Ya lo he comprendido.
DON BASILIO. ¿Te gusta?
LUJÁN. El cantar y las acotaciones.
DON BASILIO. Je… Bueno; pues, digo yo que en este mismo cuadernito, para que no le choque a ella, como quien escribe una copla, puedo yo anotar, a fin de auxiliarte, todas las chifladuras de Clarines.
LUJÁN. Y así no estarán solas.
DON BASILIO. ¿Qué?
LUJÁN. Que estarán con las coplas tuyas. Y te dejo, que me esperan allá.
Hasta después. Vase por la puerta del foro, hacia la izquierda.
DON BASILIO. Anda con Dios. Le ha caído bien la idea. Le ha caído bien. Le ha caído bien. Frotándose las manos. ¡Ah, doña Clarines, doña Clarines!… ¿Qué iba yo a hacer ahora? Mirando a lo lejos del jardín por los cristales de la galería. ¡Oh! ¡El héroe! ¡Ya está ahí el héroe! Apenas las ha visto alejarse… ¡Es listo el hijo de don Guillermo! Haciéndole señas. Voy; voy allá. ¡Ah, doña Clarines, doña Clarines!… Casa con dos puertas, mala de guardar.[103] Vase por la puerta del foro, hacia la derecha.
Queda la escena sola un momento. Óyese ladrar a Leal, y sale DARÍA por la puerta de la izquierda, asustadísima.
DARÍA. ¿Quién será ahora? Temblando estaba yo a que llegara alguien. ¡Me ha dicho Tata que no abra la puerta! ¡Jesús! ¡Ojalá sea un pobre, que con decirle «perdone usted por Dios», se sale del paso! Asómase a la mirilla. ¿Quién es? ¿Quién es? ¡No veo a nadie! ¿Quién es? ¡Nadie! ¡No es nadie! Cierra la mirilla. ¿Pues cómo ladró el perro? Va a irse. ¡Lo que me alegro yo de que no sea nadie! Vuelve a ladrar Leal. ¿Otra vez? ¡Dios mío! Asómase a la mirilla de nuevo. ¿Quién es? ¿Quién es? ¡Nadie!