MARCELA. ¿Te vas ya?

MIGUEL. Sí: no quiero comprometer en modo alguno a este señor tan bondadoso. Pero cuando vuelva doña Clarines, volveré yo.

MARCELA. ¿Sí?

MIGUEL. Sí. Hoy acaba[118] este suplicio intolerable: no lo dudes.

MARCELA. Por Dios, Miguel…

MIGUEL. Por Dios, Marcela… ¿Es que quieres que siga?

MARCELA. No.

MIGUEL. Pues fía en mí.

MARCELA. Ya no sé qué decirte. Me abandono a tu voluntad. Haz tú lo que quieras.

MIGUEL. Yo no quiero más que lo que ha de devolver a tu corazón la calma perdida y a tu voz la alegría que siempre tuvo para mis oídos. Adiós.