DOÑA CLARINES. Dictando. «Señora doña Sebastiana Reguero. Muy señora mía: empiezo esta carta llamándole a usted señora dos veces, porque de alguna manera[122] he de empezarla; no porque crea que usted lo es, ni lo ha sido en su vida.»
Don Basilio, apenas oye la primera andanada de la carta, silba inconscientemente, y se va escapado por la puerta de la izquierda dispuesto a anotarla en el cuadernito. En seguida vuelve.
MARCELA. ¡Tía Clarines!
DOÑA CLARINES. Pon lo que yo te mande, y no te asustes por tan poco.
MARCELA. Tenga usted en cuenta…
DOÑA CLARINES. ¡Chist! «Quiere usted saber, y me lo pregunta en una carta ridícula, llena de impertinencias y de haches, por qué mi sobrina no va desde hace dos días a su casa, como antes iba. Voy a satisfacer su curiosidad en el acto, y con mejor ortografía desde luego.» Tú verás, niña, cómo escribes.[123]
MARCELA. Suspirando. ¡Ay!
DOÑA CLARINES. «Mi sobrina no ha vuelto a su casa, porque nada bueno puede aprender ahí.» Don Basilio sacude los dedos y va a irse otra vez, pero se detiene. «Ha protegido usted, a espaldas mías, los amores de ella con su novio; lo cual, en neto castellano, tiene un nombre sonoro y rotundo. En medio de él puede usted colocar perfectamente una de esas haches[124] que con tanta liberalidad prodiga.» Vuelve a irse don Basilio: esta vez por la puerta del foro. ¿Pero qué entrar y salir trae ese majadero?[125]
MARCELA. No sé, tía; no sé.
DOÑA CLARINES. «Aquí daría yo fin a la presente, si hoy no hubiera sabido por un azar quién es el novio de mi sobrina.»