LUJÁN. ¿Y Marcelita?
TATA. Con ella está ahora mesmo. Parece ser que como ya no hay tapujos que valgan, el novio va a venir a verla. ¡Qué turbamulta! ¡Milagro será que la señora no se meta esta tarde en el confesonario!
LUJÁN. ¿Qué dice usted? ¿En el confesonario?
TATA. Sí, señor: la señora tiene en su alcoba un confesonario, que fué de un abuelo suyo medio santo o medio profeta, y siempre que se ve en algún caso de conciencia que es grave, en él se mete y se está allí las horas y las horas.
LUJÁN. ¡Costumbre más original! Voy de asombro en asombro en esta santa casa.
TATA. Ello vino de que doña Clarines le descubrió una maca gorda al cura que la confesaba, y se la plantó con pelos y señales.[137] El buen señor se incomodó tanto y más cuanto,[138] y la señora entonces mandó limpiar y barnizar ese mueble antiguo, y en él se mete las veces que le digo a usted. Y cuando sale, señor Luján… ¡aaaaah!… son de oírse las másimas y las sentencias que echa por su boca. ¡Ni que el mesmo Dios se las dijera al oído![139]
LUJÁN. Le aseguro a usted, Tata, que cada vez admiro más a esta buena señora.
TATA. ¡Aaaaah!
LUJÁN. Ya tenemos ahí a nuestro hombre.
TATA. ¿Viene por el jardín? Asomándose a los cristales. ¡Aaaaah!