Siempre encontraba costas españolas.

Ora en el cieno del oprobio hundida,

Abandonada á la insolencia ajena,

Como esclava en mercado, ya aguardaba 20

La ruda argolla y la servil cadena.

¡Qué de plagas! ¡oh Dios! Su aliento impuro,

La pestilente fiebre respirando,

Infestó el aire, emponzoñó la vida;

La hambre enflaquecida

Tendió sus brazos lívidos, ahogando