Aun no ahuyentó la noche pavorosa
Por vez primera el alba nacarada,
Y hostia del amor tierno
Moriste en los decretos del Eterno.
. . . . . . . . . .
¿Oyes, oyes cuál clama: 25
«Padre de amor, por qué me abandonaste?»
Señor, extingue la funesta llama,
Que en tu furor al mundo derramaste:
De la acerba venganza