Y ni mirar á su señor osaba,

De cuyos ojos férvidos brotaba

La saña del poder.

Tales ya fueron

Tus monarcas, Anáhuac, y su orgullo:

Su vil superstición y tiranía

En el abismo del no ser se hundieron.

Sí, que la muerte, universal señora,

Hiriendo á par al déspota y esclavo,

Escribe la igualdad sobre la tumba.