Subir caliente al ofendido cielo
Y tender en el sol fúnebre velo,
Y escuchó los horrendos alaridos
Con que los sacerdotes sofocaban
El grito del dolor.
Muda y desierta
Ahora te ves, Pirámide. ¡Más vale
Que semanas de siglos yazgas yerma,
Y la superstición á quien serviste
En el abismo del infierno duerma!