Olig. Bien está.

Cel. ¿Qué te decia al oido? pensais algunas malicias.

Olig. A la fe, que estás muy seca en las carnes de vieja, y que no vivirás mucho tiempo por curso natural.

Cel. Así como estoy espero yo con vuestras calavernas echar agua bendicta sobre las sepulturas de mis finados. ¿No sabeis, bobos, que tan presto va el cordero como el carnero, y muchos rocines viejos vemos cargados de pellejos de corderos? Pues miráme bien, que más de tres ciegos me querrian ver.

Olig. Dexado eso aparte, Celestina, aquí trayo la carta que mandaste, y te ruega mi amo que te dés priesa á su remedio, porque Cupido fasta las plumas mete su flecha dorada en su corazon, y cruelmente le lastima y maltrata.

Cel. Harta diligencia pongo yo en ello, pero ¿qué quieres que haga? no es ninguno obligado hacer más de lo que sabe y puede.

Brum. Paso, paso, no se pase renglon que yo no entienda; dime esto, que por el gran Brutervo de Ancona, si alguno ha enojado ó maltratado, como dices, á Lisandro, mi señor, sea él quien fuere, que me la ha de pagar; ¿y sabíaslo tú, Oligides, y no me lo decias? pues dime quién es.

Olig. El dios Cupido.

Brum. Dios es, luego en el cielo estará; ¡oh pese á tal! porque no hay en la tierra otro Dédalo que fabricára á los hombres alas para volar como hizo á su hijo Icaro, que no creo en ese dios Cupido, si aunque allá arriba estuviera, si no me la pagára y bien pagado, porque sepa con quién se toma.

Olig. Que hace de blasonar el diablo. Finge no saber lo que los niños han olvidado.