Cel. Pues qué, ¿estás con él?

Brum. Despues que me fuí de aquí voyme á su casa, y como habia sabido no sé qué muertes que he hecho por ese mundo adelante muy esforzadamente, rogóme que le sirviese para acompañarle de noche cuando saliere fuera; y agora envíame á saber de tí que si has ya hablado á esa Roselia.

Cel. Anda allá, vamos, que ya está todo negociado, diréselo.

Brum. Vamos.

Cel. ¿Así que me dices que te recibió?

Brum. Y áun rogado, que fué más. Creo que tú piensas que se hace hecho bueno en la ciudad sin mí, ó revuelta ó ruido que no sea yo llamado para ello. Soy como el buen oficial, que nunca le falta que hacer, tantos son ya los rebatos en que me he visto, que no ménos que el buen capitan tengo en mi cámara los blasones de mis hechos dignos de perpétua y recordable memoria, con otras insignias de mis victorias; donde verás pintados más miembros de hombres acuchillados por mis manos que dias hay en el año, piernas, brazos, piés, manos, muslos, quixadas, huesos, costillas, pedazos de hombres, cascos, cabezas, ancas, espaldas enteras, lomos, tripas hilvanadas, sesos, corazones sacados, pechos atravesados, orejas cercenadas, astillas arrancadas, y así otros que dexo de contar; y muchas veces oyo patadas de aquellos por mí muertos, pero por eso no me quitan el sueño esas pocas noches que allá duermo.

Cel. Así medres como tú has muerto alguno.

Brum. ¿Qué dices?

Cel. Digo que dexes ya esa mala vida, que Dios consiente y no para siempre; perro que lobos mata, lobos le matan.

Brum. ¿No sabes que los malos no han menester más de ocasion para mal hacer? Con media palabra de descortesía me sube la cólera, y mato tantos, que tienen bien que entender en abrir sepulturas la gente del cordelejo.