Cel. Di qué, no hayas miedo.
Olig. Salido de tu casa, como no hallase á Brumandilon.....
Brum. Fuí llamado á gran priesa para ser padrino en cierto desafío.
Olig. Fuíme derecho á Carmisa, y estando ella y yo en muchos placeres y regocijos, héos aquí llama á la puerta el bachiller su amigo; yo en esto estaba sin sayo, baxas las calzas, y quiso más nuestra desventura que al tiempo que él llegó daba yo una gran carcajada de risa, contando de allá del tu capellan metido en el arca; de suerte que sintió hombre en casa, y mientra más nos oia reir y las voces que teniamos, él más priesa se daba á llamar. Entónces Carmisa, cortada de la muerte, no supo qué se hacer más de esconderme en baxo de una cesta de colar, que como soy de esta marca cagada, cupe en ella. El bachiller, como no le abrieron tan presto como queria, vase y trae consigo sus popilos armados para derrocar la puerta y matar á Carmisa y á mí. En este medio la vieja, su madre, como más sábia y astuta, sospechó á lo que iria, y mata de presto un pato, y hinche con la sangre el gaznate, y rebózamelo por este cuello; y da una tijerada en la morcilla y brota la sangre, y párame cual veis. En esto llega el bachiller á quebrar las puertas, la vieja comienza á dar gritos de arriba. Escóndete, señor, escóndete, que viene la justicia; torna luégo á replicar: ¡ay! que no es, está quedo y curarémoste. Corre, baxa tú, Carmisa, abre al señor bachiller, que bien puede entrar él solo. Y todo esto decia la buena madre á voz alta que la oyese el otro. Viene Carmisa y abre disimulando otra turbacion de la que tenía con estas palabras: ¡ay! mi señor, que tenemos acá un herido, el cual dexa por muerto á un lacayo del Conde, y pensamos que eras tú la justicia que venía tras él, y por eso nos tardamos en abrir mientra le escondiamos. El bachiller, puesta la punta de la espada en sus pechos, díxole que mentia, que aquellas risadas no eran de hombre herido. Carmisa responde: ¡desdichada yo! sube, verlo has, que como se le iba la sangre por la garganta donde le hirieron, por quexarse, de dolor graznaba como pato, y tú pensarias que se reia. Entónces el bachiller sube á ver si era verdad, y como me vió lleno de sangre, creyólo, y díceme, ¿hermano, quieres algo? Yo, tapado siempre porque no me conociese, grazno como que no podia hablar, y hacia señas con los ojos al cielo. El bachiller no me entendiendo pregunta lo que diria yo. Ella dice: que llames al zurujano, para que con este achaque él fuese, hecho necio, á llamarlo, y yo tuviese lugar de me ir sin saber él quién yo era; y así me vine corriendo cual me veis.
Brum. ¿Y qué dirá despues que traiga al zurujano y no te halle?
Olig. Quien hace un cesto hace ciento; como supieron urdir esta mentira, tramarán otras cuarenta, dándole á entender de cielo cebolla.
Cel. Fácil cosa es engañar al que ama, el cual no ménos ligero es para creer lo que no lleva piés ni cabeza, que ciego para no ver lo más claro que la luz, y aguijemos.
Brum. Dentro estamos.
Olig. ¿Traes buenas nuevas, Celestina?
Cel. Rebuenas, ya hecho es.