Lis. ¡Oh Dios! si verdad es no me trocaria por un bienaventurado del cielo.
Cel. Así tuviese yo ciertas cien doblas como ello es verdad.
Lis. Toma estas diez piezas de oro por agora, que despues que la alcance te daré lo que te prometí para en casamiento de esas dos tus sobrinas.
Cel. Mientra la vida me duráre jamas olvidaré las mercedes que me haces, y aunque mi ventura y tiempo se mude, nunca mi voluntad para servirte.
Lis. Pues, ¿qué me cuentas de mi señora, madre mia?
Cel. ¿Qué? que en la fragua de tu amor se acendra su corazon, donde se apura más que oro en crisol sin mezcla de otro pensamiento sino en tí, ni otra cosa en él se aposenta sino tu memoria; y cuanto tu ausencia le lastima, tanto tu presencia la hará alegre.
Lis. ¿Y qué? ¿de cierto me saldrá á hablar esta noche?
Cel. Sin falta, y por tanto, entre doce y una irás, no por las ventanas de la torre, sino por el jardin; y lleva tus escalas para entrar dentro, que ella saldrá á los miradores que caen al huerto, y no seas negligente ó vergonzoso para subirte do ella está, y aunque te parezca empachada y que la sientes esquiva, no por esos dexes de hacer lo que debes, que ella se holgará que seas tú desenvuelto.
Lis. Es tan alta la merced que mi señora me hace, que juzgándome indigno de tan crecido beneficio, dubdo si es posible lo que me dices, que los oidos no acostumbrados á recibir tan divinas palabras, rechazan por alto lo que nunca pensaron oir, seyendo de ello incrédulos.
Cel. Condicion es de los firmes enamorados, lo más dudoso y contrario creer más ayna, y lo que más desean, tener por ménos cierto. Esto es lo que dixo mi tia, que Dios perdone, que nunca el corazon lastimado de deseo toma la buena nueva por cierta ni la mala por dubdosa. Señor, lo que dije digo otra vez, y por no alargar los testigos, esta noche experimentarás por las obras más de lo que agora oyes.