¶ ARGUMENTO DE LA SEGUNDA CENA
DEL PRIMER ACTO.
Despues de ido Oligides á dar órden como su señor se vea con Roselia queda Lisandro manifestando su pasion con palabras muy lastimeras á Eubulo, hombre de honestas costumbres, criado suyo. Éste nunca cesa de darle consejos buenos, aunque por demas se fatiga. Vuelve Oligides y dice que hay oportunidad para ver y hablar á Roselia. Cabalga Lisandro; van delante dél sus dos mozos de espuelas Siro y Geta. Éstos pasan entre sí cosas muy donosas, de las que entre semejantes suelen pasar, y al cabo burlan de los desatinos que su amo, vencido del amor, dice á su querida Roselia. Venido Lisandro, retráese á su aposento.
LEANDRO. — EUBULO. — OLIGIDES. — SIRO. — GETA.
Lisandro. ¡Ay de mí si tan discreto fuese para quexarme como soy yunque para sufrir! entónces conocerias, Eubulo, en mis abrasadas palabras el fuego del lastimado corazon, que no basta á sufrir golpes de tanto dolor; porque cuanto más el deseo se aviva, tanto más la esperanza me fallece de gozar de aquel ángel caido del cielo para enamorar el mundo, cuya figura, no ménos tengo en mi ánima estampada y impresa que enclavada en mi memoria.
Eubulo. Señor, si vas por el camino de tu deseo, créeme, que no irás conforme á discrecion y tu honra, ca la pasion que te ocupa no te dexará juzgar la verdad. No te arrojes ni abalances en esa hoguera tan apresuradamente sin primero mirar lo que haces, que las cosas arrebatadas siempre traen arrepentimiento, que quien de presto se determina muy de espacio se arrepiente. Esfuerza á desechar de tí ese desatinado amor, langosta de todas virtudes; y dado que difícil se te haga y cuesta arriba, por eso piensa que en las grandes afrentas se conocen los grandes corazones. No te dés por vencido ni te acobardes, pues el esforzado acometer hace muchas veces al hombre vencedor.
Lis. Bien veo, Eubulo, que á tus tan sentenciosas palabras no bastan ningunas fundadas razones; pero, ¿qué quieres que haga, que á las fuerzas de amor el resistir es querer ser vencido?
Eub. El huir es vencer, por ende huye las ocasiones, no pases más por su puerta ni la veas.
Lis. ¿Qué dices, mal mirado? ¿que no vea la lumbre de aquellos alindados ojos que alegremente esclarecen la oscura pena de mi alma? ¿Que no vea aquel cuerpo glorificado, en quien Dios francamente repartió sus gracias? ¿Que no vea aquella soberana pintura cuyas sobras de fermosura, si repartidas fuesen por todo el mundo, no habria cosa fea en él?
Eub. Bien muestras que el amor se ha en tí aposentado, pues no consientes algun consejo ni tienes reposo. Esto digo, que más vale prevenir el mal con remedio que no, despues de venido, con diligencia curallo. Ataja esos nuevos deseos, cercena y corta los malos apetitos que brotan para perdicion de tu alma y destruccion de la honra; agora, señor, en los principios has de mirar, que de los fines la ventura es el juez.
Lis. ¿Dónde se me puede á mí seguir más honra y más bienaventuranza que de emplearme todo en la contemplacion de aquella cuya memoria da sér á mi vida, y á quien por sus merescimientos todos los mortales deben servir? Llámame acá á Oligides, que mucho tarda.