Cel. No puedo acaballo con este mi corazon ni puede templar cordura lo que destempla mi negra ventura. Créeme, Oligides, que como no hay virtud tan loada que no tenga vituperadores, y sólo el agradecimiento tiene este previlegio, que todos, así bárbaros y rústicos como sabios, lo loan, bien así el vicio de ingratitud es tan grave pecado, que los romanos, segun dixo nuestro cura el domingo pasado, no hallando igual pena que le dar, lo dexaron sin castigo. No hay hombre tan perdido, ora sea ladron, ora traidor, ora homicida, que no tenga alguna desculpa de su yerro. Sólo el ingrato carece de todo color y especie con que colorar pueda la terrible maldad de su culpa, sólo el negar le es refugio, y con todo esto veo que no hay vicio tan de todos por palabras condenado, y que tan por las obras todos lo aprueben y sigan. ¿Quién no me tuviera sobre sus ojos? ¿quién no me tratára con mucha reverencia si de mí hobiera recebido lo que éste? pero, mal pecado, perdida es la lexía en la cabeza del asno, nunca lavé cabeza que no me saliese tiñosa.

Olig. Madre, no te pese por el bien que le has hecho, que, haz bien y no cates á quién, dicen; más vale que tú le hayas á él sufrido, como desconocido, que no él á tí sobrellevado como desagradecida; cuanto más que peor mal es olvidar los beneficios recebidos que, acordándose, no gratificallos, porque en lo primero hay menosprecio, y en lo segundo memoria; yo sé que Brumandilon se acuerda del bien que le has hecho, y tiene propósito de te lo servir, que aunque una cosa tenga mala, muchas tiene buenas. No hay pega sin mancha negra, ni hay mula sin uña.

Brum. Pese á tal, agora que me haces hablar, ¿quién salió estotra noche tras los escolares y los hizo huir? ¿quién traxo su espada cubierta de sangre? ¿quién destroza armas, quiebra espadas y hace rizas de broqueles en tu servicio, sino yo? ¡Ah cuerpo de Dios! decirse han las verdades, ¿cuál á cuál debe más?

Cel. Guayas, padre, que otra hija os nace; por un dia que acuchilló el perro de mi vecina, que me ladraba á la puerta, dice que ha derramado sangre por mi causa.

Olig. Celestina, ya este hombre tomaste por guarda de tu persona, confórmate con él en lo más que pudieres, que la verdadera amistad no es otra cosa que un sumo consentimiento, así en cosas divinas, como humanas, con un buen querer y amor; y ¿qué dón es dado de Dios, dice Tulio, mejor y más provechoso, fuera de la sabiduría á los hombres, que la amistad? unos las riquezas, otros la sanidad, otros la potencia, otros las honras, muchos los deleites anteponen á lo demas y todos yerran, porque los deleites son propios de bestias, las riquezas y los haberes, la buena disposicion del cuerpo, los señoríos, las honras son bienes de fortuna caducos y inciertos, ahí van donde la rueda los echa. Pero la amistad fundada en tregua y consentimiento de voluntades, acompañada de virtud, es durable y llena de mil suavidades; ¿qué dulce vivienda haber puede en esta miserable vida que no esté en ella? ¿ni qué cosa más sabrosa que tener uno con quién oses hablar como contigo mesmo y descubrille tu corazon? que con alegre compañía se sufre la triste vida, con ella las adversidades no se sienten, y sin ella las prosperidades no valdrian nada. Todas las otras cosas fueron criadas solamente para un efecto, la amistad sirve de muchos oficios, del fuego, del aire, del agua no usamos tanto como de ella.

Cel. Hijo, bien lo veo, mas ¿qué quieres, que Brumandilon es tan grosero que no hay quien lo maje? amigo de taza de vino, el pan comido y la compañía deshecha. Nuestra amistad tiene fundamento de arena y estriba en interes, y por esto con poco viento cae en suelo y se deshace.

Olig. Él lo hará bien de hoy más.

Cel. Ni espero ni creo sino lo que veo.

Olig. Ce, ce, Celestina, dexando uno por otro, ¿quién son aquellas dos rebozadas de los chapeos? mas qué polvo levantan con las haldas, como colegiales con sus hopalandas.

Cel. Calla, que el polvo de las ovejas alcohol es para el lobo.