Brum. No creo en tal, si no es ella la causa por que nunca dexo descansar á mi espada, sino que hiera ó mate.

Eub. Hermosura en mujer loca y palabras entre locos son sortija de oro en hocico de puerco. ¡Oh, Brumandilon, Brumandilon! si te conocieses, tú dejarias de blasonar, ni remedarias al glorioso Thrason, ni al áspero Demea, ni á los furibundos y altivos gigantes, ni á los vanos cretenses, ni al presuntuoso Herostrato, ni al rey Tarquino el Soberbio; tú te tomarias otro Micion Terenciano en mansedumbre, y otro Tarquino Prisco en afabilidad y buena crianza.

Brum. Juro al tartáreo Flegethon, no es más en mi mano; por mí tengo que desciendo de linaje del cruel Domiciano, emperador romano, el que contaste á la mesa, el cual reposando dos horas la comida por consejo de médicos, y encerrado como mandaban, no pudiese executar la rabia de su crueldad, tenía por costumbre matar moscas, y estrujar la sangre de ellas, y en esto recibia el gran pasatiempo, como tú dixiste.

Olig. Vamos si hemos de ir, que allá le darás esa obligacion.

Brum. Héla, héla dó viene.

Cel. Sálveos Dios, mis hijos.

Eub. Dios te convierta, madre, y toma el precio de tus alcahueterías, que allá lo pagarás en el otro mundo.

Cel. Miraldo el sancto de pajares, un dia de éstos te hemos de canonizar.

Eub. ¡Oh mala y perversa vieja! ¡oh miembro de Satanas! ¡oh ministra de los demonios! que no basta que estés precita y condenada al infierno, sino que quieras llevar otros en pos de tí con tu exemplo y maldito oficio. Éste es diabólico pecado incitar á otros á pecar, si tú y tus secaces fuésedes quitadas de enmedio de las gentes, cuántos malos recabdos se evitarian, cuántos yerros se dexarian de acometer. Vosotras ensuciás los tálamos con adulterios, vosotras descasais las bien casadas con desamor de sus maridos, vosotras contaminais las vírgenes con luxuria, vosotras encendeis los castos propósitos con ponzoñosas palabras, vosotras causais sacrilegios en los monasterios, muertes y ruidos en los pueblos, y en las casas cizañas entre padres y hijos, entre hermanos y hermanas. Vosotras, doncellas, viudas, monjas, casadas y por casar, todos los estados, todas órdenes de vivir perturbais con vuestras engañosas y falsas artes. ¡Oh alcahuetas, alcahuetas! si por vosotras no fuese, no habria tantas malas mujeres en el mundo. Creo que es pequeña la pena y castigo que os dan las leyes de nuestro reino, cuyo rigor sería bien que creciese, pues crece el daño y estrago que haceis á la república, que las ordenanzas y leyes hanse de mudar segun la necesidad y el tiempo requieren.

Cel. Mirad el bellaco, y qué se deja decir, ¿y de qué nos hemos de mantener?