Eub. Pues ¿qué quieres que vaya hablando palabras ociosas y que traen poco provecho? ¿No sabes que hemos de dar cuenta de cualquier palabra ociosa en aquel dia, donde nuestras malas obras serán juzgadas por tela de juicio con mucho rigor, donde estos pasos de nuestro amo le serán bien contados ante el divino acatamiento, cuya temerosa sentencia no há lugar de apelacion?

Lis. Cuelga la escala, Oligides, y sube conmigo. Vosotros guardad el paso.

Olig. Arriba estamos. Baxa, señor, con tiento, que los garfios están mal asidos, porque no hay donde prendan bien.

Lis. Abaxo estoy. Hola, desáselas, que ha de bajar mi señora aquí al jardin.

Ros. ¡Oh dulzura de mi ánima! ¡oh lumbre de mis ojos! ¡oh claridad de mis tinieblas y consuelo de mi tristura! ponme esas escalas, baxaré allá, que entre esas floridas y olorosas hierbas, al murmurio de esa fontecica, nos holgarémos.

Lis. Baxa, mi Dios.

Mel. Señora, acá me quedo y habla paso, no te sientan.

Ros. Bástame á mí pensar que soy de mi señor Lisandro para ninguna cosa temer.

Lis. ¡Oh joya del mundo! ¡oh perla preciosa! ¡oh tan perfecta en hermosura cuán llena de discrecion! Más es mi alegría en verte, que mis trabajos en haberte conocido.

Ros. Si con el sol todo el mundo se alegra, yo mucho más con tu vista.