Lis. ¿Y tardabas en decírmelo? Mozos, Siro.

Siro. Señor.

Lis. Saca ese cuartago blanco y límpialo, y ponle las mejores guarniciones y más ricas que tengo. ¿Tardas, lerdo? ¡rabiosa landre y fin desastrado te arrebate! así eres perezoso.

Sir. Ahí te estarás, don necio testarudo; no se le cuece el pan, en un momento lo querria ver todo hecho.

Lis. Llégate acá, único socorro de mis pasiones, ¿qué nuevas traes? ¿Hablaste con aquella que par no tiene en la tierra, y en el cielo compete con los bienaventurados?

Olig. Otro Calixto hereje tenemos.

Lis. ¿Qué dices de Calixto?

Olig. Que no tuvo tanta razon para amar á Melibéa, aunque fué mucha, como tú tienes para querer y desear á Roselia.

Lis. ¿De mi señora dices? Es un laberinto en grandeza y merecimiento, un mar océano de gracias, un dechado de virtudes, una regla de fermosura en la cual se conoce todo lo imperfecto cotejado con ella. ¿Vístela?

Olig. Visto la hé.