Cel. Bien es que me entiendas, que yo vivo de mi oficio; ésta fué la herencia que me dexaron mis padres y mi tia, que Dios perdone, y como sabes que este nuestro trato sea tan peligroso, no queremos poner la mano en labor tan delicada sin ver el por qué, que cada puntada nos podria costar la vida sino fuese por nuestras buenas diligencias, aunque caro le costó á mi antecesora la negra cadenilla, que habiéndose librado del toro, cayó en el arroyo; huyendo un peligro cayó en otro, libróse de Pleberio y vino á dar en las manos de aquellos malogrados que bien escotaron la tercera parte con la vida. Dígolo, que si en estos pleitos me he de ver con vosotros, dende agora me tornaré á mi casa y me despido de entender en ello, que más quiero poco con seguridad que mucho con temor de perdello.

Olig. Buena pró te haga lo que mi amo te diere, que ni yo seré á estorballo ni ménos despues de dado te ladraré por parte ó partecilla; allá te aven con Dios, y entremos, que abierta está la puerta.

Eub. Señor, aquí viene Celestina.

Lis. ¡Oh hombre sin comedimiento! Corre, baxa, dale la mano, y dile que suba su merced.

Eub. No es mujer de tanta cuenta.

Lis. ¡Perenal! ¿dó consiste mi bien todo y mi remedio, dices no ser señora de cuenta y de mucha honra? ¡Señora mia! ¡Señora Celestina! dame la mano, que es agra la escalera, ayudarte hé.

Cel. A tan chico santo no tanta fiesta, mi señor.

Lis. Pon dos coxines aquí á la señora. ¿No vienes, rapaz? ¡Ah, rapaz! dale dos bofetadas, Eubulo.

Fil. ¡Ay! ¡Ay!

Lis. Dale bien, manos de topo; no haréis lo que yo mando: ¡oh! cosa recia es servirse hombre de bobos y lerdos.