Brum. ¿Malla? Todos venian cargados de hierro, pero poco se le da á mi espada que vengan armados que desarmados, para que con sus filos no rebañe carne, que si todas las fuerzas de mis brazos que Dios me ha dado, emplear quisiese, no habria hombre que no traspasase, hendiese y derrocase, y mil menuzos hiciese; mas por no agotar y disminuir la cristiandad, que me parece grave pecado, templo y modero con cordura lo que me sobra de esfuerzo, por no lo hacer comun con los brutos animales, los cuales desenfrenadamente siguen el apetito de su vigor y furor.
Cel. Ese almacen sería bien excusado á mí, que dentro en el pellejo te conozco. Con todas tus bravezas y fieros no osaste levantar el gaje del suelo que en desafío te echó el escudero de Chremes, cuñado de Alisa, madre de la malograda Melibéa.
Brum. ¡Oh, cómo la mala fama vuela como ave y corre como moneda, y la buena se queda en casa por conseja detras del fuego! Refran es, el bien suena, y el mal vuela. Quien te dixo eso, ¿no te contó los espaldarazos que le dí un dia ántes? ¿Pues habia de aflixir al aflixido? ¿No sabe Dios y todo el mundo que en la reyerta yo llevára la mejor parte y él quedára en el campo ó muerto ó puesto en la postrimera necesidad? En los denuedos y visajes que me ves agora hacer habias de argüir la animosidad que entónces tendria, que de ánimo esforzado procede la compostura feroz del cuerpo, que la natura así suele entallar, expresando los afectos del corazon en la corpulenta imágen. Mas, ¿no vistes contra quién habia de mostrar mi ira y ardid? Eso fuera, para los que lo vieran, otro espectáculo cual fué el del escarabajo con el águila, ó de la hormiga con el leon, que no me estuvo bien, pues señal es de grande cobardía acometer á los menores y á los que poco pueden; más quiero morir emprendiendo grandes cosas que no vivir venciendo las flacas, que más tengo acatamiento á la fama inmortal que no á la victoria presente; no quiero ensuciar mis manos en tan flacos hechos, porque á tan gran corazon como el mio, grandes hazañas son menester para que, vencidas, se cuenten por aventajadas entre las que hicieron los claros y ilustres varones de aquel glorioso siglo.
Cel. Pasos oigo, acá suben, no sé quién es; ó amigo, ó enemigo, ó mal criado es, pues sube sin llamar.
Brum. ¡Oh, por Dios, que lo segundo es; méteme en la camarilla de las hierbas, cierra, cierra presto con llave por defuera!
Cel. Zancadillas va dando el diablo azogado, el judío lleva en el cuerpo.
Olig. ¿Qué alboroto éste, madre?
Cel. Calla, calla, que mi negro duelo se escondió de tí pensando que eras el escudero con quien hubo palabras; tú muda el tono de la voz y finge que lo buscas para matar, que el miedo, que las cosas que no son hace que tengan existencia, y las que son parezcan no ser, hará que no te conozca perturbando su juicio con tropel de fantasías imaginadas, que bien es que á este baladron la experiencia del temor castigue la ferocidad de sus arrufianadas palabras y fieros hinchados.
Olig. Comienzo, aunque otra cosa le queria. ¿Di, señora, tienes acá á Brumandilon, que, por vida de tal, si aquí está, luégo sus maldades y su vida acaben juntamente?
Cel. Por cierto, señor, dos dias há que no le he visto.