Olig. Dime la verdad.
Cel. Y Jesus, ¿habia de mentir?
Brum. ¡Oh desdichado de mí! muerto soy si las puertas quiebra.
Olig. Que no te creo, que quien una vez miente, no se le ha de dar más entera fe; ya me mentiste el otro dia negándomelo, por ende dámelo acá si no quieres haber el mesmo fin que á él espera.
Cel. Afortunada yo que no sé dél, y porque lo que digo sea testimonio de mi verdad, toma las llaves de las cámaras y búscalo.
Brum. Ya, ya, no espero más vivir. Señor, perdona mis pecados. ¡Santo Dios! ya abre; Credo.
Olig. ¡Ah cuerpo de mí, Brumandilon! quien quiere ser temido, forzado es que tema.
Brum. Por el santo Martirolojo de Peapa si no tuve por muy averiguado, cuando me escondí, que el Corregidor me venía á prender por ciertos palos que dí la noche pasada, y que dexaba en celada su gente y él subia quedito por tomarme desapercibido de mi broquel y espada. Y áun ¡voto á tal! que no envie sus justicias á mí, él en persona viene á buscarme, porque sabe que ninguna otra vara obedezco sino la suya; y si quisiese tambien ir contra él podia despedazar á él y á los suyos, que un dia me amostazó las narices y no sé qué mala respuesta le dí y disimuló, y tuvo por bien de sufrirme. Por agora, por mejor tuve retraerme que no hacer un hecho sonado, por donde la ciudad se alterase y viniese á oidos del Rey; pero despues que sentí no ser el Corregidor, de coraje reventar queria en no poder salir; de buena te escapaste, que como los primeros movimientos no sean en nuestra mano, pudiera ser que sin mirar, súbitamente te barrenára con una estocada temerosa, ó tendiera con un tiro mortal: da gracias á Dios, que de buena te libró.
Olig. Así las doy, y toma la capa, que Lisandro, mi señor, te llama; y adios, Celestina, y no descuides del negocio, que ya sabes que la luenga esperanza aflixe el enamorado corazon, y más el de mi amo, que le hierve.
Cel. Véte, que en cuidado me lo tengo.