Brum. Y ¿cómo, señor, di?
Lis. Pero para tales casos mi gente basta.
Brum. Anda, señor, que más hace la virtud que la muchedumbre.
Olig. Maldito seas, fanfarron, ¡quién te patease! A mí seguro que no tovieses los piés tan ligeros para huir como la lengua para blasonar.
Lis. Otra cosa te quiero, y es que Celestina entiende dar remedio con su buena maña á mi fluctuoso tormento, que la hermosa Roselia me causó desde el dia que la vi.
Brum. Ya, ya, no me digas más.
Lis. Óyete, que no es lo que piensas; torna acá.
Olig. Huye con temor no le mandes cosa de su peligro.
Lis. Lo que quiero rogarte es, pues tienes tanta cabida con Celestina, que no sólo no impidas ó estorbes la cura mia, que de ella espero, mas le impertunes que en esto ponga particular diligencia, y si fuere menester se lo mandes, que ni tú quedarás quexoso ni ella mal pagada.
Brum. Por la clavazon de las puertas celestes aún todavía el corazon me da latidos y el brazo me tiembla de lo que entendia facer si me mandáras que sacára á Roselia por fuerza de armas, y la entregára en tu poder; y holgára dello, porque conocieras quién es Brumandilon, que en los peligros se muestra la bondad del esfuerzo. Desotro pierde cuidado que no quedará por negligencia de Celestina, ni ménos yo impidiré cosa que toque al menor pelo de tu servicio, ántes seré en acrecentallo. De la mi vieja te sé decir que hablalle más de una vez en su oficio es dar de espuelas al que corre y despertar al que vela; así den dineros, que bailarémos todos, que todas cosas obedecen á la pecunia.