Mel. Tia, entra, que ya baxa mi señora.

Cel. Pues véte, amiga, y como te digo, para traerle á tu amor, úntale las manos con aquel sebo de cabron, cuando entre burlas y véras se las tomares, y di estas palabras que te he dicho, que son muy aprobadas.

Ros. Vieja honrada, muéstrame eso que traes.

Cel. Ángel mio, no lo verás bien, que está el portal obscuro, espera, que yo subiré allá.

Mel. Toma, por ahí ella se entremete donde no llaman.

Ros. Guarda tú esa puerta, Melisa, y avísame si viniera mi señora madre.

Cel. Todo viene á pedir de boca, con pié derecho salí de casa sin ver ave que denotase mal acaecimiento; sola la tengo sin testigos de mi mensaje.

Ros. ¿Qué hablas, madre, entre dientes?

Cel. Luégo, señora hija, que acabo tres cuentas de mi rosario que me falta de rezar por los que están en pecado mortal, que primero nos conviene buscar el reino de los cielos y despues entender en estas cosas momentáneas cuanto basta á la necesidad de aquesta miserable vida, lo demas superfluo es y lleno de conjoxas y zozobras.

Ros. Por mi salud, madre, que aciertas, que al fin vana cosa es amar con desórden lo presente y no tener ojo de ir allí donde es el gozo perdurable.