Cel. ¡Ay, mi señora! ¿dices dónde no se hartan los ojos de ver, ni las orejas se hinchen de oir, dónde ni hay trestura, ni noche, ni obscuridad, dónde siempre se celebra Pascua y fiesta muy solemne, dónde las sillas bienaventuradas llenas de suavísimo olor y flagrancia, llenas de cantos y modulaciones, de dulzor y alegría, nos esperan á los que aquí con diligencia trabajarémos en la viña de Dios?

Ros. Ahí digo.

Cel. Los ojos se me arrasan de agua y los sentidos se me roban, el entendimiento se me eleva y el corazon me desmaya, y toda yo estoy fuera de mí cada vez que oyo mentar aquel paraíso de deleites y aquellos Campos Elíseos; que aunque el deseo de la vida es natural á todos, á mí el morir me sería glorioso en tanto que fuese á gozar de aquella vision beatífica.

Ros. Si así fuese, devota vieja, todos deseariamos la muerte á trueque de tal vida.

Cel. Mal pecado, ya lo veo, que nadamos como ranas á somorgujo en las aguas del olvido, descuidados de nos mesmos, que nacimos para morir y morimos para vivir con Cristo, si aquí le sirviéremos. Si nuestra memoria refrescásemos algunos ratos con el pensamiento de aquella suave inmortalidad, ella daria de espuela á nuestra voluntad que obrase lo que la razon le encamina y el claro juicio le enseña, y las tales obras buenas avivarian é incitarian nuestro deseo para la bienaventuranza; si esto se hiciese, señora mia, con ansiosos sospiros clamariamos á Dios que nos libertase de esta tenebrosa y ciega cárcel del cuerpo, pero como estemos hundidos fasta los ojos en el cieno y tremedal del bullicioso tráfago del mundo, echamos atras lo eterno y ponemos delante lo que un soplo fenece. No hay cosa que más en olvido y menosprecio de las cosas divinas nos ponga que el amor de las temporales.

Ros. ¡Oh, qué bien hablas, bendita madre! bien dicen que mejor es el rústico humilde que sirve á Dios, que no el soberbio filósofo que considera el curso del cielo.

Cel. Mil cosas te contaria de éstas, señora hija, que aprendí en compañía de las beatas dominicas, si el tiempo nos diese lugar.

Ros. Pues ¿qué pides por este garvin hecho de red de oro así como está aljofarado?

Cel. Mi reina, ésta es cosa encomendada, espantarte hías de lo poco que de aquí he yo de sacar por mi trabajo aunque lo venda muy bien, cuanto más si lo vendo ménos de lo que quiere su dueño. En seis piezas de oro me estimaron este tranzadillo.

Ros. Toma cuatro por ser cosa que se lo ha puesto otra.