Cel. ¿Cuatro, señora? en mi alma, no se pagan las manos, pues de aljófar tiene más; pero sin más regatear, en cinco lo toma ó lo dexa, que yo me atrevo á dártelo en esto, porque sé los caudales de las señoras doncellas dónde llegan, y cosa se ofrecerá en que me puedes remunerar este servicio, que al cabo sé que perder con los buenos es ganar, y con decir que no hallé más, cumpliré, que yo seré la que perderé de mi derecho. Mírala bien, que es pieza muy acabada de buena y barata.
Ros. Cara es, mas toma, que á la verdad la curiosidad en las cosas hace encarecer la obra de ellas.
Cel. ¿Caro te parece, buena señora? bendito seas tú, mi Dios, que en este trato tan poca ganancia se me sigue, que con haber andado arrastrada todo el dia, habré de aquí tan poco que no bastará á poderme hoy sustentar, sea por tu amor, que más quiero morder las paredes de hambre y pasar la vida con afan y laceria empleada en tu servicio, que no enriquecer en otros tractos ilícitos.
Ros. No llores, madre, que yo te favoreceré en todo lo que yo pudiere.
Cel. ¡Ay mi señora! si supieses por qué lo digo, pues sábelo Dios y yo que más valdria mi saya y manto de lo que vale si quisiese dar oidos á una cierta persona de esta ciudad, pero mejor es pobreza con un poquito de honra que riquezas acompañadas de vituperio; por el dia sancto que es hoy, á oro me pesa, porque le hable á una gentil dama de este pueblo, ni sé quién ni quién no, él vive hácia San Benito, y creo que se llama Lisandro.
Ros. ¡Oh vieja! cómo temo que tus pisadas y luengo preámbulo, y tu prolixa arenga y devota salutacion con tus falsos presupuestos, se hayan enderezado y ordenado para inferir tan maldicta y sospechosa conclusion.
Cel. ¿Qué es, mi señora, que no te entiendo?
Ros. Tú sabes si me entiendes ó no, y si en esas palabras de Dios traes envuelto el dimonio, que entre las matizadas y bordadas flores se esconde la culebra ponzoñosa.
Cel. Entiéndate Dios, que yo no te alcanzo.
Ros. Dime, pues, á quién te mandó hablar.