Cel. ¿Quién, mi señora? ¿Lisandro?

Ros. No me repitas su nombre, que me turbas; respóndeme á lo que te pregunto, veamos si es lo que yo digo, que vienes con engaños.

Cel. ¿Y yo conózcolo más que tú, ni sé quién es, ni aguardé á que me lo dixese? Mal me conoces, señora, las piernas me cortaria primero que diese paso á tales mensajes, en ese caso ningun hombre me ha de hablar si no quiere ser mi capital enemigo; guárdeme Dios de mala hora, montas que soy yo de ésas, entre qué personas me crié para osar de tal oficio, á la hé entre religiosas y áun de las más encerradas. Pero segun pude colegir de las pocas palabras que escuché á Lisandro, digo aquel mancebo caballero y ¡Jesus, qué sin memoria soy! algunas señas y indicios te daré. Ella era en su boca la más hermosa doncella que natura por agora formó, no sólo decia en la ciudad, mas ni áun en la tierra, en todas las gracias y perfecciones acabada. Por aquí sacarás por quién entendia Lisandro, digo aquel señor galan que preso de su amor loaba la que mucho queria; ya sabes que en Salamanca pocas hermosas hay, y ésas se pueden señalar con el dedo, y por tu vida, mi amor, que despues que te vi he pensado si eras tú la que decia, porque tu perfecta fermosura es argumento que no entendia por otra.

Ros. Madre, no me entres por esos rodeos, véte con Dios.

Cel. ¿Qué rodeos, mi señora? ¿piensas que no te diria el nombre de ella si me acordase, por quitarte de sospecha? Mas sea Dios loado, que ya voy acordándome Ro, Ro, Roselia se llama, por quien pena, segun me dijo.

Ros. Segun te dijo, malvada vieja, ¿qué no me conoces tú, que soy yo la que agora mentaste?

Cel. ¿Tú? y Jesus, Jesus, ¿tú? No lo creo.

Ros. ¿Santíguaste, mala hembra, bote de malicias? ¿que no lo sabes tú? ¿ésas eran las joyas que traias á vender? ¿las fingidas lagrimitas que por tus haces regabas? ¿los devotos consejos que me dabas? ¿las sanctidades con que venías? ¿las cuentas que rezabas? ¿las encubiertas y disimuladas palabras con que me entrabas á dañar mi fama, tentar mi propósito, combatir mi honestidad, corromper mi vergüenza, ensuciar mi honra? Astuta vieja, vaso de maldad, maestra de malos recaudos, discípula del diablo, madre de todos vicios; mas ¿si eres tú la que encoroçaron estotro dia por semejante caso, que á ella te pareces en tus obras? ¿Con ese mensaje te envió ese loco para que publicases su pasion y locura? Espera, alcahueta, que tú habrás el castigo que merece tu atrevida osadía. Melisa, Melisa, llámame acá á mi hermano Beliseno.

Cel. Señora, no juzgues mis palabras sin que primero juzgues mi intencion, que cuando la intencion no yerra, salvo está el que se juzga, y si la lengua resbaló, no tiene culpa el corazon, desdichada.

Mel. ¿Qué es, señora? ¿no concluyes con esa mujer?