Ros. Esta vieja que me viene con alcahueterías de aquel que estotro dia me vido y comenzó á desvariar en aquellos desatinos que viste; éste es el loco atreguado por quien me habló el paje que fué de mi señor padre, que en gloria sea; pues guárdese, que si mi hermano le coge, él le dará el pago.
Cel. Se tú el juez, doncella graciosa; si yo ni tenía noticia de la señora ni sabía que Lisandro penaba por su merced, ni ménos le menté palabra de las muchas que echaba por aquella boca, como hombre que estaba para morir, y pedia socorro de su señora, que morir le hacia; mas de que simplemente á buena fe y sin mal engaño le conté lo que vino á coyuntura de no sé qué hablamos; ¿tengo yo aquí la culpa? cuitada yo, que en mala hora nací, si todo lo que digo y hago se ha de echar á mala parte, bien dixo nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio de la misa que ayer oí, no juzgueis y no seréis juzgados, segun declaraba el cura; si yo, mezquina, te contára los sospiros lastimosos que pregonaban su lastimado corazon á causa tuya, las lágrimas que sus rubicundas haces regaban en oyendo tu nombre, los desmayos que le tomaban en acordándose de tí, los dolores que le atormentan en tu crueldad, las pasiones que le persiguen con el amor que te tiene, los deseos de tu suave conversacion que le atribulan, las tristezas que le derriban y otros mil cuentos de males que sostiene, segun dice despues que del homenaje de tus ventanas asaeteaste su deseo; si esto, y otras cosas más que dixo con harta pena, te dixera yo, señora, ó supiera que eres tú aquella por quien moria, aunque, ciega de mí, por las señas de hermosura que me daba habia yo de entender luégo que eras tú, entónces tenías razon de culparme, pero si ni esto ni lo otro me salió por la boca, ¿de qué te quejas?
Mel. Justa y razonable es tu excusa, madre mia.
Ros. No te espantes, vieja honrada, que haya tomado sospecha de tus pláticas por lo que ha precedido de aquel loco, y acaso tú no sabías.
Cel. ¿Saber? ansí me ayude Dios como yo no lo sabía más que agora que no lo sé; lo que yo vi es esto, que queda en la cama con los más espantosos desmayos que nunca vi, puesto en el hilo de la muerte; y así como está con profundo clamor, los sospiros echa fasta el cielo, las lágrimas le verias mezcladas con sollozos de hilo en hilo corriendo por aquellas sus mexillas más resplandecientes que rubíes, aquellas rosas coloradas, que tiene en medio del gesto más blanco que copos de nieve, vieras rociadas con el rocío que destilaba de aquellos sus alindados ojos, que tanta era la lástima que me puso en le ver, que como sea cosa muy comun los corazones dolerse de las pasiones ajenas, me forzó á acompañalle en su tristeza con algunas de mis lágrimas, que, sin sentillo, me brotaban en abundancia por mis haces abajo. A lo ménos una cosa, mi señora, creo de cierto te podria afirmar, que si presente estuvieras á su tan duro lamentar, cuando yo digo que estuve, no te bastára tu corazon de acero, como veo que tienes, á lo ménos si no lo tienes muéstraslo, y no sé por qué, á que no se ablandára con los martillos que salian de sus íntimas entrañas rasgando su profundísimo pecho. En Dios y en mi ánima, que en acordándome cuál le dexé, tan gran compasion me toma, que si remediarle pudiera por lo que debo á buena cristiana, aunque fuera con la sangre de mis brazos lo hiciera; pero no soy yo por la que él pena, que no me hizo Dios tan cruel y sin piedad, que si yo fuera dexára morir el más agraciado mancebo y galan que mis ojos vieron.
Ros. Son blasones de los enamorados decir que mueren por amores.
Cel. Bien está, ella irá poco á poco á entrar en el garlito, en las palabras y en el semblante lo veo, que por las palabras y señales bien se adevinan los pensamientos, cuanto más que ligero es de conocer en las mujeres cuando aman, que sin conceder dan señales de consentimiento, y más que el color se le ha vuelto colorado; encendida la tengo.
Ros. ¿Qué dices, madre? ¿Parece que te has pasmado? ¿Qué estás comidiendo?
Cel. ¿Qué, señora? Que sabe poco de las cosas naturales el que piensa que de amores no puede morir uno, porque puede ser el amor tan vehemente é intenso, que empedidas las potencias naturales por la ocupacion contínua de las animales, en la cosa que mucho amamos, venga á consumir el humido radical sin reparacion alguna, y así la persona que el tal amor posee, hecha ética, perezca; y si esto es, mi señora, allá te aven con tu conciencia, que no faltas de homicida, pues eres causa que muera aquel amargo sin redempcion, cuya verdadera salud en sola tu vista consiste, que no queria el cuitado más de verte y hablarte.
Ros. Todavía me augmentas la sospecha, pues no se te entiende que no hemos de hacer mal por bien que se sigua.