Lis. Habla alto, madre, que te entienda.

Cel. Digo, señor, que en sólo esto me parezco á Dios en no comer palabras, sino obras, que palabras y plumas el viento las lleva.

Lis. Pues ¿qué quieres tú, madre, y sácame de pena?

Cel. Yo, seguro que no te pida tesoros ni montes de oro, si no fuese para casar dos sobrinitas mias huérfanas.

Lis. Pluguiese al Soberano que mi deseo hobiese su efecto, que tu peticion no careceria de cumplimiento, porque incomparablemente estimo por más aventajada la merced á mí hecha que cualquier dón á tí prometido.

Eub. Oligides, por lo que debes á virtud, te llegues á ese loco, y le digas al oido que no prometa tal cosa.

Olig. Díselo tú si bien te estuviere, que yo no lo pienso, allá se lo haya, con su pan se lo coma si algun desatino hiciere.

Eub. Señor, una palabra.

Lis. ¿Agora me vienes con secretos, necio?

Eub. Señor, mira lo que haces, que quedas atado al prometimiento, porque el que de su voluntad se obliga, obligado es á cumplir lo prometido; por amor de Dios no lo hagas, que es pecado de prodigalidad, no te saque de quicios esa mala hembra y tu desvariada alegría.