Lis. ¡Oh bienaventuradas orejas mias que en tan breves palabras tan sublimes sentencias oís! ¡Oh gozo extraño! ¡oh dichoso hombre más que cuantos nacieron! pues ninguno gozó de tanta alegría como agora yo.

Cel. Sosiega, señor, que no ménos te podria dar la muerte la demasiada alegría extendiendo las telas del corazon fuera de sus límites, que la mucha pasion y tristeza angostándolas más de lo necesario.

Lis. ¡Oh mi buena madre! ¡oh excelente triaca de mi secreta y mortal llaga! Cuéntame agora todo lo que pasaste con aquella señora, y dime algunas palabras consolatorias de aquella dulce boca.

Cel. Señor, bástete saber que del casquillo de la saeta que á tí hirió queda ella lastimada, y aunque parezca que por via de bien quiso conceder á mi ruego y satisfacer á tu deseo de vella y hablalla, pero ella vendrá de su grado dando de piés y manos á lo que pretendemos, que la vergüenza y empacho comun á todas hace que lo que la voluntad otorga la boca niegue, con este velo cubrimos hartos defectos que publicariamos si lícito nos fuese como á los hombres, aunque yo, pardios, no me curaba de esas vergüenzas cuando moza, que si bien me parecia alguno, no dexaba de hacerle señas y mostrarle claramente la gana que tenía.

Fil. Señora, una moza te busca.

Cel. Pues, mi señor, el viérnes de mañana soy acá á ver cómo te fué con tu dama para que de ahí colija y sepa en qué estado está el negocio y en qué disposicion la tenemos, y conforme á esto obrarán mis artes, y quédate á Dios.

Lis. Toda la córte celestial te acompañe.

Cel. ¿Qué quieres, hija?

Moz. Mi señora Angelina te suplica que en todo caso vayas á las dos á juicio, porque aquel estudiante con quien tú la desposaste niega ser su esposa.

Cel. Dile que me place, que yo lo haré de mil amores, y que me espere en su casa, que de ahí nos irémos entrambas juntas.