Lis. Bien lo has hecho, madre, buena cuenta has dado de mi negocio.

Cel. ¿Qué es, mi señor?

Lis. No vino.

Cel. ¿Qué, no salió Roselia á hablarte?

Lis. No, por ende mira si me traes en tres pasos burlado, que temo que nada le dixiste.

Cel. ¿Decir? mal me haga Dios y no vea esta cruz á la hora de mi muerte si no se lo dixe, y áun de tal repicapunto, y con tal astucia y viveza, que mi tia, que Dios haya, no supiera mejor decillo; desas soy, en buena fe, mal me conoces, no hay tal mujer en el reino de mi oficio como yo, mal pecado; no son éstos los primeros amores en que he entendido.

Lis. Pues ¿qué piensas haber sido la causa de faltar mi serafin su fe y palabra?

Cel. Impedimentos que no faltan, cuanto más que el temor vergonzoso la habrá retraido de lo que, por ventura, ella libre de aquel natural empacho y velo de vergüenza, más que tú desearia. Pero déxamela, que yo la ablandaré más que cera, y áun la derretiré con mi plática que destile en lágrimas de tu amor; que mi lengua allana todas esas asperezas y rigores, que una martillada y otra hace mella y empresion en el hierro, y lo pone de la figura que quiere; una contínua gotera horada la piedra, las hormigas con el mucho uso gastan los pedernales y hacen camino pasajero, la frecuentacion de los actos causan hábito, el mucho exercicio desenvuelve los miembros. Así mis compuestas, multiplicadas y importunas palabras desbastan los corazones rudos al amor, y los duros enternecen, y los tiernos del calor de Cupido derriten, y en ellos imprimen su sello, virtud y eficacia. Tú, señor, nota de mañanica una carta en que le declares tu pasion y te quexes de su fe quebrantada y lo que más supieres, y envíamela, dársela he; que todas estas machinas son menester para combatir y abatir el su fuerte propósito á lo que queremos; y á buenas noches, que me toma dolor de cabeza si me desvelo con esta mi negra axaqueca.

Lis. A tí me encomiendo, señora.

Olig. Adios, madre, y salúdame á mis ojos.