Ramp. Sí haré, vení presto.
Loz. Mi amor, ¿dó posais?
Herj. Señora, hasta agora yo y mi amo habemos posado en la posada del señor don Diego ó Santiago á dormir solamente, y comer en la posada de Bartolero, que siempre salimos sospirando de sus manos; pero tienen esto, que siempre sirven bien, y allí es otro estudio de Salamanca, y otra Sapiencia de París, y otras Gradas de Sevilla, y otra Lonja de Valencia, y otro Drageto ó Rialto en Venecia, y otra barbería de cada tierra, y otro Chorrillo de Nápoles, que más nuevas se cuentan allí que en ninguna parte destas que he dicho, por munchas que se digan en Bancos. En fin, hemos tenido una vita dulcedo, y agora mi amo está aquí en casa de una que creo que tiene bulda firmada de la Cancillería de Valladolid, para decir mentiras y loarse, y decir que fué y que fué, y voto á Dios que se podia decir de quince años como Elena.
Loz. ¿Y á qué es venido vuestro amo á esta tierra?
Herj. Señora, por corona; decíme, señora, ¿quién es aquella galan portuguesa que vos dexistes?
Loz. Fué una mujer que mandaba en la mar y en la tierra, y señoreó á Nápoles, tiempo del gran Capitan, y tuvo dineros más que no quiso, y vesla allí asentada demandando limosna á los que pasan.
Herj. Aquélla el temor me pone á mí, cuanto más á las que ansí viven, y mirá, señora Lozana, como dicen en latin: Non proposuerunt Deum ante conspectum suum, que quiere decir que no pusieron á Dios las tales delante á sus ojos, y nótelo vuestra merced esto.
Loz. Sí haré, entremos presto, que tengo que hacer. ¿Aquí posais casa desa puta vieja, lengua doca?
Herj. Doña Ines, zagala como espada del Cornadillo.
Loz. Ésta sacó de pila á la doncella Teodor.