—¡Vd!... Pero, si yo no corro, sino vuelo!—dijo el Suri.
—¡No importa! probemos, probemos, y verá,—replicó el Sapo.
—¡Pero si Vd. irá saltando, saltando despacito; yo volando, volando; con mis largas canillas, ayudado por mis alas no habrá suelo que no se acabe.....
—No importa: probemos, probemos: le ganaré, compadre.
—¡Vd. ganarme!....
—Le juego mis prendas.
—Acepto; pero lo robo, compadre.
Y eligieron un largo campo para correr. Al final de la cancha, colocaron un mortero, que señalaba la raya.
El astuto Sapo dió cuenta de la apuesta á los suyos; y eligiendo compañeros que se le parecieran, los colocó escondidos á lo largo de la cancha, y al más vivo de todos dentro del montero, á fin de que unos tras otros, aparecieran siempre durante la carrera, engañando así al Suri.
El Suri parte huyendo. Con asombro suyo, vé siempre saltando al Sapo á su lado. Llega aquel á la raya, y cuando alardea de triunfo, sentándose en el mortero, el sapo que estaba dentro del mismo, le grita:—¡alto, que yo llegué de antemano!—De modo que éste fué el ganador.