Entre los pieles rojas un pájaro gigante desempeña el papel más importante de su cosmogonía. Los dakotas aseguran que en el oeste viven «los voladores», y creen que el trueno es el ruido del pájaro, agitando las alas; el relámpago, el fuego que resulta en su camino, como el que produce el bisonte corriendo por praderas pedregosas. Cosas semejantes refieren los algonquines, para los cuales el viento sale del pico de las aves y las nubes se forman por el movimiento de sus alas. Los tupis é iroqueses creen en el pájaro tormenta, cuyos ojos centelleantes producen los relámpagos. Entre los Lení-lenapes, los cris, los mandans, los moenitarres, los assiniboines, el pájaro Manitu reside en lo más alto de los cielos, y el trueno ruge cuando él baja las alas, saliendo el rayo de sus ojos y la lluvia de su pico. Para los dakotas, antes citados, el trueno es un gran pájaro que posee una numerosa prole; es él el que produce el eco, cuya larga repercusión es el grito de sus pequeñuelos. Los natches y los arkansas adoran al águila, como al ave sagrada. La nube del trueno es un pájaro para los caribes. Los zuñis, indios de los Pueblos de Nuevo Méjico, con cuatro plumas de aves, que simbolizan los cuatro vientos, invocan á la lluvia. La lechuza es el viento de uno de los cuatro cuarteles, para los chipeways. Los navajos creen que un cisne está parado en cada uno de los puntos cardinales, espíritus de las corrientes que soplan. En la América Central, el pájaro Voc es el mensagero de Hurakán, el dios de la tempestad. En el Perú, Piguerao, el hermano de Catequil, el dios de la tormenta y del trueno, nace de un huevo. Cuntur, el ave venerada, lleva en la sílaba Cun la idea de lluvia, de la divinidad Con ó Cun[233].
En nuestro Calchaquí, sin duda alguna, el Suri es el Pájaro de la Tormenta, ó la Nube, que lleva el agua en su seno, y cuyo pico lanza el rayo. Posiblemente también lo es el Cóndor, que en algunas ocasiones ocupa en la alfarería el lugar del avestruz, y que á veces se le reproduce semejante á éste.
En el mito preincáico de Catequil, Atachuchu crea á un ser humano, el hijo del cielo, personificación del cielo mismo, que se une á una divinidad de las nubes negras de la tempestad, la hija de los Guachemines. Este hijo del cielo, que baja á la tierra, es Guaman-suri ó Guaman-Suri, el ave doble, ó sea el Halcón y el Suri, hecho éste sobre el que ningún americanista ha fijado la atención, y en el que el Suri integra la personalidad mítica de una divinidad atmosférica, de este gran volátil biforme de la cosmogonía peruana, que pone dos huevos, correspondientes respectivamente, sin duda, al halcón y al suri, y de los cuales huevos salen Catequil y Piguerao, el rayo y el trueno.
En el Folk-lore calchaquí hasta hoy el Suri es el nunciador de la lluvia. Cuando el tiempo está para cambiar, esta gran ave nerviosa abre las alas, cuyas plumas desordenadas sacude, y corre al encuentro de la primera ráfaga húmeda de viento que llega. Cuando la descompostura atmosférica se anuncia con los primeros truenos lejanos, huye vertiginosamente de un lado al otro, describiendo grandes curvas, moviendo su cuello largo y flexible, abriendo su pico, y volteando curiosa y airosamente en el aire, doblando sus largas canillas; de manera que aparece como un ser fantástico, que cobra con la agitación de su plumage formas diversas, corriendo á medio vuelo sobre la llanura.
Ningún otro animal alado más aparente que el Suri para símbolo significativo y representativo de las nubes. Su gran tamaño; su color ceniciento, como el de los nublados cargados de agua; su profuso plumage, que agita y sacude á voluntad, cobrando las más caprichosas formas, como las nubes en el espacio; la velocidad con que corre sobre la llanura, que rememora la carrera del viento en el cielo; su largo cuello nervioso, que mueve de la manera sinuosa con que huye la serpiente, y que en sus formas recuerda de este ofidio, terminado el cuello en su cabeza provista de ojos grandes, de dobles círculos, como los Imaymanas; su pico siempre abierto, que podría dar asidero á la creencia do los algonquines de que por él sale el viento; el hecho mismo de asir rápidamente con el pico á la víbora, arrojándola con fuerza á los aires cuando se dá con este reptil que mata y devora, todo esto y mucho más debió impresionar la imaginación del indio y embargar su atención, hasta convertir al Ave-Suri en el símbolo sagrado de la Nube de la Tormenta[234].
Observemos que con la palabra Suri se denominaba á esa gran porción nómade ó alárabe del Tucumán que luchó al Inca y á la conquista española[235]. También con el diminutivo ita es apellido indio, como en Surita, en el caso citado por Lafone Quevedo, en el que un indio tenía este apodo con que era conocido, llamándose siempre Sura á su hija[236].
Un dato interesantísimo reproducido por este ilustre americanista en su libro Londres y Catamarca, y al cual no halló explicación satisfactoria cuando lo consignó, es una prueba elocuente del carácter atmosférico del Suri: nos referimos al hecho de no figurar la cabeza del suri en los sacrificios ofrecidos al Chiqui, la divinidad funesta de que habla Montesinos. «De la siguiente relación, escribe aquél, se deduce que el suri, xuri ó juri, avestruz, algo de sagrado contenía. Cuenta el indio Peralta, nacido en el ya abandonado Pueblo del Pantano, que para celebrar la fiesta del Chiqui hacían reunión de hombres y mujeres, que se juntaban bajo de un algarrobo con varias tinajas llenas de aloja; en anticipación de la tal función, dos días antes salían los hombres al campo á correr libres, huanacos, pumas y otras aves, menos suris ó avestruces, que respetaban,—y con las cabezas de los animales que cazaban daban vueltas al rededor del Arbol (el tacu ó algarrobo), entonando el canto ó vidala de los Indios y chupando aloja más y mejor». Consignados estos datos de la ceremonia, Lafone Quevedo se interroga:—«¿por qué no se colgaría también la cabeza del Suri ó Juri?»—y se contesta en seguida: que un indio le dió la explicación de que el motivo de la exclusión de la cabeza del Suri sería porque este tiene cabeza chica; «más yo me inclino á creer, añade el americanista, que la excepción hecha en favor ó contra del Suri tiene su causa de origen en la distinción que yo acabó de hacer entre Juríes y Diaguitas»[237].
El motivo no es ese, responderemos nosotros: la cabeza del Suri no debía figurar en la fiesta del Chiqui, porque el Suri no podía ser sacrificado, como la talca, la huilla ó la puma, en la bacanal indígena. El Chiqui, como hemos manifestado, es la divinidad funesta, el dios de los maleficios, ó la «adversa fortuna», al decir de Montesinos[238], al que solo se aplacaba con cruentos sacrificios animales y aún humanos: runa arpainyiguan. Las bacanales del Chiqui celebrábanse cuando sobrevenían las grandes secas, y cuando se evaporaba la humedad de la tierra, porque el sol estaba quemando. ¡Inti rupas tian!—en efecto, era el grito de la tribu sedienta, la cual levantaba en alto sus cántaras vacías en demanda de agua, y que enseñaba á los cielos, haciéndolas saltar, las cabezas sacrificadas de los animales, para aplacar á la divinidad funesta, llamando á la Huayrapuca á que corriese por la noche silvando, trayendo consigo las nubes bienhechoras de la lluvia:
Huairapuca corriti..... Arquituta silvas, silvas purinqui: Huilca, talca, saltas, saltas purinqui..... Huipe ¡huipe! Cot! cot![239].
Ahora bien: si la cruel bacanal del Chiqui se celebraba en el propósito de conjurarle, propiciando á las divinidades atmosféricas á la vez en la ceremonia de las cántaras vacías en torno del árbol,—¿cómo es posible que el indio sacrificase al Ave-Suri, ofreciendo sus cabezas cortadas y haciéndolas saltar lo mismo que á las de las talcas y las huillas, que perecían de sed?—¿cómo dar muerte al Suri, que es la Nube, la que lleva el agua anhelada en sus senos fecundos cuando la Huayrapuca la trae del sudoeste, entre relámpagos y truenos?