«J'ai été assez souvent à la comédie espagnole avec elle (la Reine): rien n'est si detéstable. Je m'y amusais à voir les amans regarder leurs maitresses et leur parler de loin avec des signes qu'ils font de leurs doigts; pour moi je suis persuadée que c'est plutôt une marque de leur souvenir qu'un langage; car leurs doigts vont si vite, que, si ces amants s'entendent, il faut que l'amour d'Espagne soit un excellent maître dans cet art. Je pense que c'est qu'il y voit plus clair qu'ailleurs, et qu'il ne se soucie guère de faire plus de Chemin.

»Il y eut dimanche au Retiro une comédie de machines où les deux reines et le roi étoient. Il y falloit être à midi. L'on y mouroit de froid.»

[45] Ortiz, Compendio cronológico de la historia de España, tomo IV, pág. 401.

[46] Obras líricas y dramáticas de D. Antonio de Mendoza. Segunda impresión: Madrid, 1728, pág. 145.

[47] En La cosaria catalana, de Matos Fragoso, aparece una tropa de comediantes, cautiva en poder de moros. Preguntado el director qué comedias trae consigo, contesta así:

«................ famosas
De las plumas milagrosas
De España; si escuchar quieres
Los títulos, estos son:
La bizarra Arsinda, que es
Del ingenioso Cervantes;
Los dos confusos amantes,
El conde Partinuples,
La española, de Cepeda,
Un ingenio sevillano;
El secreto, El cortesano,
La melancólica Alfreda,
Leandro, La renegada
De Valladolid

De éstas, sólo La bizarra Arsinda, El conde Partinuples y La renegada de Valladolid se encuentran en el catálogo de la Huerta.

[48] Una descripción muy animada del bullicio y del tumulto, inseparable de las representaciones públicas teatrales, se encuentra en El día de fiesta, su autor D. Juan de Zabaleta. Dos partes: Coimbra, 1666. Véase lo siguiente, que extracto de este libro:

Tomo II, pág. 3. «La Comedia.—Cualquiera, que desea ir al teatro un día de fiesta por la tarde, come apresuradamente al mediodía y no se detiene mucho tiempo en la mesa, temeroso de no encontrar asiento. Llega á la puerta del teatro, y lo primero que procura hacer es no pagar. Muchos son los que trabajan, y sólo de pocos reciben su paga: la primera desdicha del actor. No sería lo peor que hubiese veinte personas que pagasen con cuatro ochavos, si no diesen motivo para que otros muchos los imiten. Porque uno solo no pague, hay otros que tampoco quieren pagar: todos pretenden gozar de este privilegio para que no se crea que son indignos de él. Por consiguiente, se empeñan de tal manera en gozarlo, que surgen de aquí altercados y disputas, y con tanta mayor razón, cuanto que así consiguen su objeto. Quien quiera, pues, que, sin pagar, conquista de esta suerte su entrada, prosigue después, por regla general, asistiendo al teatro sin gastar nada. ¡Donoso motivo de suscitar quimeras y privar del premio que merece su trabajo á quienes se afanan en distraerlo! ¿Se creerá, acaso, que el que no paga es por esto más tolerante? Al contrario: cuando el actor no se viste como debe, lo insulta ó lo silba. Desearía yo saber con qué derecho, así éste como todos los demás que lo imitan, piden que el actor, á quien privan de su dinero, haya de presentarse con el traje conveniente.

»Pero, en fin, nuestro hombre invade de este modo el teatro y pide su asiento á los que ya están sentados en sus bancos; dícenle éstos que no lo hay para él, pero que probablemente faltará alguno de los espectadores que han pagado ya el suyo, y que espere, por tanto, hasta que salgan los tocadores de guitarra, y que entonces ocupe el asiento que quede libre. Hecho este pacto, nuestro amigo se traslada al vestuario para entretener de este modo el tiempo. Encuentra ya á las actrices, que se despojan de sus vestidos ordinarios y se ponen los que exige la representación de la pieza; estando tan desnudas en ocasiones como antes de meterse en la cama. Preséntase delante de una, que, por haber venido á pie, muda entonces de calzado con ayuda de su criada. Esto no puede hacerse sin ofensa del decoro, y la pobre actriz se ve muy contrariada; pero no se atreve á impedirlo porque, como su objeto principal es conseguir aplausos, tiene interés en no disgustar á nadie. Cualquier silbido, por injustificado que sea, desacredita á los representantes, porque todos se inclinan más bien al parecer del que censura que á su propio juicio. La actriz, por este motivo, no interrumpe la mudanza de calzado, y sufre paciente al importuno. Mientras tanto, nuestro majadero no separa de ella los ojos. Después mira desde el escenario lo que sucede con el asiento dudoso que ansía. Lo ve libre, y pareciéndole que no vendrá su legítimo poseedor, lo ocupa corriendo. Pero apenas lo hace, llega el propietario y quiere defender su derecho. El otro hace lo mismo; ambos se acaloran, y vienen á las manos. Pero el último, ¿no ha venido al teatro para divertirse? ¿Es diversión vocear y disputar? Si el primero no hubiese encontrado asiento, debiera mejor haber estado de pie, porque es preferible llevarse así tres horas á andar á la greña un solo momento... Finalmente, se aplaca la disputa: el que ha pagado su asiento se retira, y ocupa otro que le proporcionan los que han intervenido en la contienda y la han apaciguado. Poco después de cesar este desorden se tranquiliza nuestro intruso, echa una ojeada á la cazuela, pasa revista á cuantos la llenan, siente repentina inclinación por alguna que le agrada, y comienza á manifestárselo por señas. Pero ¡buen amigo! si al teatro no habéis ido á ver la cazuela, sino la comedia. Las cuatro han dado ya, y todavía no ha comenzado la función. Mirando vagamente, ya aquí, ya allí, siente de pronto que alguno le tira de la capa: se vuelve, y observa un vendedor de naranjas que, inclinándose hacia él entre dos espectadores, le dice al oído que aquella dama que golpea con el abanico las rodillas, ha tenido un verdadero placer en ser testigo de su valor en la disputa sostenida antes, y que hará bien en comprarle por su amor una docena de naranjas. Nuestro amigo mira otra vez á la cazuela, y averigua que la dama es la misma que le gustó antes; paga las naranjas, y dice además al naranjero que ponga en noticia de la señora, que de la misma manera pagará cualquiera otra cosa que se le antoje. En cuanto desaparece el naranjero con esta embajada, ya no piensa en otra cosa que en acercarse á la dama á la salida del teatro, y maldice á la comedia, y le parece eterna porque le obliga á esperar tanto tiempo. Expresa en voz alta su desagrado, y gruñe sin reparo por esta causa, excitando así á los mosqueteros que están debajo á imitarlo en seguida, y á prorrumpir en voces ofensivas. Además de la indecencia y la grosería que revela esta conducta, adolece también de la ingratitud más monstruosa, porque los actores son, entre todos los hombres, los que más empeño tienen en conquistar el ajeno aplauso. ¡Cuántos malos ratos no pasan, trabajando sin cesar, mientras ensayan una comedia! Cuando llega el día de la representación, cualquiera de ellos daría de buen grado sus ganancias de todo el año, sólo por ser aplaudido cuando desempeña su papel. Cuando se presentan en la escena, ¡qué ansia, qué indecible afán de agradar al público! Cuando han de precipitarse desde algún peñasco, se lanzan en lo hondo como desesperados desde las decoraciones que figuran las montañas; cuando desempeñan papeles de algún moribundo, que ha de retorcerse en la agonía, se ensucian y se hieren con los clavos que sobresalen en las tablas y con las astillas de las mismas, sin hacer caso de sus vestidos, que á veces les han costado mucho dinero, etc., etc.»