Don Jacinto. ¡Pues entra, y esa mujer
Haz que en líquidos corriente
De carmín derramen fuentes
Sus brazos, hasta que el sér
Pierda, perdiendo la vida,
Ó quitarétela á ti!

Barbero. Harélo, señor, así. (Vase.)

Don Jacinto. Entra; el alma está afligida,
Que aquesto por mí suceda.

Mas en naciendo la ley
De humano el pobre y el Rey
Por primer blasón hereda.
El alma penosa queda
En este forçoso trato
De honor, y me llama ingrato;
No más que á Mayor adora,
Y se enoja, porque agora
Rompo su hermoso retrato, etc.

La última escena, en que el Rey aprueba expresamente la terrible acción de Don Jacinto, es aún más desnuda y sin rebozo que la de Calderón.

Rey.
Jacinto, no ignora
El alma lo que aveys hecho;
Mas, pues los indicios forman
Tanta culpa, errores tantos
Que en vuestro honor se acrisolan,
Lo hecho está muy bien hecho,
Y por mi palabra heróyca
Os prometo de pagaros
El respeto á la persona
De Enrique, siendo desde oy
Vos dueño de mi corona,
Siendo mi amigo, mi amparo,
Siendo mi privança toda,
Siendo un exemplo de vida,
Siendo archivo de la honra, etc.

Terminando así:

Y aquí, senado famoso,
Se da fin á aquesta historia
De el honor en la sangría
Y médico de su honra.

También en El alcalde de Zalamea aprovechó Calderón una comedia del mismo título, de Lope de Vega (que poseía D. Agustín Durán), apropiándose la traza entera de la fábula, los caracteres de los personajes y las escenas más conmovedoras, de suerte que sólo la dicción poética quedó propiedad suya. No puedo decir, por no haberme sido posible examinarlo con detenimiento, cuáles sean las relaciones de esta especie que haya entre El mayor prodigio ó el purgatorio en vida, de Lope (también de Durán), y El purgatorio de San Patricio, de Calderón, siendo el mismo el asunto de ambas.

En La fortuna adversa del infante D. Fernando de Portugal, de Lope, sólo pudo hallar Calderón un débil bosquejo de su Príncipe constante; pero aunque su drama aventaje singularmente al de su predecesor, se notan en él muchos rasgos que el último poeta ha hecho suyos, pulimentándolos. Así, en el de Lope hay los amoríos entre la Princesa mora (llamada en él Arminda), y Muley; el acto generoso de Don Fernando con aquél, y, finalmente, la admirable aparición del Príncipe, aunque no para guiar á los cristianos á la victoria, sino para exhortar á sus compañeros de cautiverio á que lleven sus restos mortales á Portugal.