La niña de Gómez Arias, más antigua, obra indudable de Luis Vélez de Guevara, puesto que dice al fin:

Y aquí os presenta Luis Vélez,
En esta humilde comedia,
La niña de Gómez Arias
Por historia verdadera,

contiene también mucha parte, que se halla luego en la de Calderón, no sólo la traza del argumento, en ambas muy semejante, sino también existen en la primera, aunque en germen, escenas aisladas que se reproducen en la segunda más desarrolladas y perfectas. Así, en la comedia de Guevara se nota el modelo que sirvió para el celebrado diálogo de Dorotea (llamada allí Doña Gracia):

Mi vida, que culpa
Grave cometí,
Que merezca pena
¿Qué es más que morir?
Por daros el alma
¿Fué agravio que ansí
La tratáis agora,
Sin más advertir
Mi honor ni mi amor?
¿No miráis que os di
De entrambos las llaves?
¿No habláis? ¿qué decís?
Señor Gómez Arias,
Duélete de mí,
Que soy niña y muchacha:
Nunca en tal me vi.

[68] Calderón expresa de este modo su veneración hacia Lope de Vega:

Aunque la persecución
De la envidia teme el sabio,
No reciba de ella agravio,
Que es de serlo aprobación:
Los que más presumen, son,
Lope, á los que envidias das,
Y en su presunción verás
Lo que tus glorias merecen,
Pues los que más te engrandecen
Son los que te envidian más.

Véanse las Obras sueltas, de Lope de Vega, tomo XII, pág. 15.

[69] V. esta Historia, tomo III, pág. 424.

[70] Este monólogo nos hace recordar la comedia de Tirso, no sólo por sus pensamientos, sino también por su versificación, porque se intercalan también algunos versos yámbicos entre los trocáicos.

[71] Digamos de paso aquí, que ha de agradecerse el trabajo empleado por algunos historiadores de literatura (como, por ejemplo, el nuevo y excelente editor de Garcilaso), llamando la atención hacia los pasajes paralelos á los comentados por ellos, porque su ilustración es mayor de esta manera. Otra cosa muy distinta sucede á esos críticos modernos, que rebuscan con maligna alegría en las obras de los poetas, con el propósito de averiguar si encuentran algún pensamiento, algún giro ó expresión, tomada de otros, ignorando que su botín sería mucho más considerable si examinaran las obras de los grandes poetas de los tiempos pasados, y si supieran que, al hacerlo así, eran también grandes y verdaderos poetas. Recuérdense las innumerables acusaciones de plagio que hicieron á Lord Byron los escritores de revistas de su tiempo, no pudiendo negarse que, no sólo se apropió pensamientos aislados é imágenes, sino también pasajes enteros, escenas y situaciones de obras ajenas (siendo la más notable prueba de lo expuesto la semejanza que hay entre el Don Juan y las Novelle galanti de Casti); pero á los que aprovechaban este pretexto para rebajar el mérito de ese poeta eminente, replicaba Walter Scott en estos términos: «Es una ocupación favorita de estúpidos pedantes hacer resaltar esas reminiscencias, juzgando que con ellas hacen descender á los genios de primer orden á una esfera vulgar, y colocan al autor en la misma categoría que á sus críticos.»