«Señor noble, rrei alto,
oyd este sermón
que vos dise don santo
judío de carrion.»
Parece que este ingenio no fué mui favorecido del rei don Pedro, como se prueba de los siguientes versos, puestos en su citada obra:
«Por nascer en espino
la rosa, ya non siento
que pierde, ni el buen vino
por salir del sarmiento.
Nin vale el azor menos,
porque en vil nido siga,
nin los ejemplos buenos,
porque judío los diga.
. . . . . . . . . . . .
Cá non só para menos
que otros de mi ley
que ovieron muchos buenos
donadíos del rey.»
Pero es cosa averiguada que Rabí don Santo fué convertido á la fe de Cristo; puesto que escribió en verso una Doctrina cristiana, en cuyo principio se leen estos versos:
«A la virgen escelente
servirás devotamente
con glorïoso presente.
Esta es madre de Dios
que ruega siempre por nos.»
También compuso Rabí don Santo un poema intitulado La danza general de la muerte, en que entran todos los estados de gentes: el cual con las demás obras citadas existe MS. en la biblioteca escurialense.
El rei don Enrique II en las Córtes de Toro año de 1371 dispuso que además de llevar los judíos una señal para ser conocidos[41], se abstuviesen todos los observantes de la lei de Moisés de usar los nombres que solían tener los cristianos. Tambien declaró que sus testimonios en las causas que se formaren contra estos, no fueren de ningun valor i efecto.
Don Juan I.º tambien puso la mano en dar providencias para cortar el vuelo á la demasiada libertad que en sus tierras tenian los judíos; i á mas de confirmar las determinaciones de sus antecesores contra ellos en las Córtes de Soria i de Briviesca, ordenó en las de Valladolid, celebradas en 1388, que en los libros del Talmud se borrasen ciertas imprecaciones, conjuros, blasfemias i maldiciones contra los cristianos i contra la fe de Cristo i que fuesen castigados con todo rigor cuantos las profirieran.
Andaba en este tiempo por la corte del rei un judío á quien unos llaman don Juzaf Pichon, i otros don Jucaf Picho: el cual era tenido por hombre honrado á toda lei, i cuyos muchos i buenos servicios lo llevaron al cargo de almojarife i contador mayor de don Enrique II. Es fama que algunos envidiosos tenian con él enemiga, sin duda por verlo en tal estado i tan valido de aquel monarca; i así los que le querian mal, que eran muchos de los judíos mayores de las aljamas, determinaron para que feneciese la privanza de don Juzaf acusarlo de no sé qué delitos ante el rei de Castilla: los cuales, aunque fingidos, fueron bien probados; i así se vió don Enrique en el caso de administrar justicia, posponiendo el amor que la lealtad de este honrado judío probada en el largo curso de muchos años, habia encendido en su corazón. Por eso luchando entre el agradecimiento i la justicia que de él se esperala i se temia, ordenó que fuese preso don Juzaf; i visto que los delitos, de que era este judío acusado, llamaban un rigoroso castigo, impúsole la pena de satisfacer á su corona la cantidad de cuarenta mil doblas, las cuales fueron pagadas en el término de veinte dias.
Luego que cobró don Juzaf la libertad empezó á quejarse de todos aquellos que con torcida intención i fuera de justicia lo habían llevado ante el rei, acumulándole varios delitos i destruyendo el valimiento que por sus muchos i escelentes servicios habia logrado cerca de la persona de don Enrique. «¿Hasta cuando, decia, andará la verdad desterrada de las córtes i palacios de los reyes? ¿Hasta cuando no irá en compañía de la virtud encaminando los pasos de los mortales, i rigiéndolos constantemente en las grandes i aun en las mas pequeñas de sus acciones? ¿Hasta cuando la honra ha de estar sujeta á las emponzoñadas lenguas de los malos: áspides ocultos con las apariencias de hombres: hambrientos i astutos zorro: tigres siempre dispuestos á devorar las reputaciones de los buenos? ¿I hasta cuando, en fin, las gentes darán oidos á sus palabras mas falsas que el lloro del cocodrilo, ó que el canto de las sirenas? Pero, ¡ai desdichado de mí, en mala hora nacido! ¿Cómo han de dar honra los que están deshonrados, i cómo las gentes sabrán distinguir la verdad de la mentira, si ellos no pueden dar lo que no tienen, i ellas ponen francas las puertas de sus entendimientos para creer todo lo malo i engañoso, i las cierran cuando ven asomarse las luces de la verdad. ¡Oh, cuán ciega i flaca es la razon humana, tan fácil para el engaño i la vileza, tan difícil para la justicia! En donde vuelvo los ojos, no encuentro mas que enemigos, i hasta la sombra que hace mi cuerpo me amedrenta. Si tanto padezco inocente, ¿qué seria de mí si hubiera entrado en mi corazón la culpa? Quizá las gentes me estimarian en mas, i la envidia ó no me persiguiera ó me persiguiera menos. Pero no quiero desear á los malos su ventura; pues aunque siendo perverso, las gentes no me envidiáran i persiguieran, entonces yo dentro de mí hablaria mal de mis acciones, i yo mismo seria mi mayor contrario, teniendo el pesar de que este nuevo censurador de mis torcidos pasos caminaba ajustado á la verdad, cuando en los que me son adversos no encuentro hoi mas que el engaño, i los rencores de la envidia. I así entre dos desdichas, mas me conviene tener por contrarios á otros que tenerme por enemigo.»