Lo primero no ha parecido á estos padres que podia llegar su religion á aquel punto de grandeza á que aspiran, solamente enseñando, predicando, administrando sacramentos, ni con otros semejantes ejercicios religiosos; porque si bien en sus principios (como dijimos) fueron abrazados y acariciados de muchos, con el discurso del tiempo advirtieron que, ó por mala satisfaccion que hubo de ellos, ó por otras causas cualesquiera que sean, el afecto y devocion de muchos se habia resfriado; por lo cual dudando que su religion casi en su infancia hubiese hecho el esfuerzo último, llegando á donde pudo, hallaron otros medios para engrandecerla.

El primero, fué poner las demás religiones en mala opinion con los principes y despues con cuantos han podido, descubriendo sus imperfecciones; y con destreza y buen modo de la opresion y caida de otros, procurar su propia grandeza; así se han señoreado de muchas abadías y gruesas rentas, quitándolas con sus relaciones á otras religiones que las tenian primero.

El segundo, fué ingerirse en las cosas de estado, interesando y empeñando la mayor parte de los príncipes cristianos con el modo mas artificioso y sutil que jamás se ha visto, el cual como dificultoso de penetrarse, así es caso imposible poderle dar cumplidamente á entender.

Reside continuamente su general en Roma, al cual dan todos una exactisima obediencia; y este ha hecho eleccion de algunos padres; los cuales de asistirles de continuo se llaman asistentes. A lo menos hay uno de cada nacion de donde toma tambien el título y nombre, y así á uno llaman asistente de España, á otro de Francia y al tercero de Italia, y así de otras provincias ó reinos. Cualquiera de ellos tiene por oficio hacer relacion al padre general de todos los accidentes de Estado que sobrevienen en aquella provincia ó reino, de donde es asistente, lo cual cada uno hace con el medio de sus correspondientes, que residen en las ciudades mas principales de la provincia ó reino, los cuales diligentisimamente se informan del estado, de la calidad, de la naturaleza, de la inclinacion é intencion de los príncipes, y con todos los correos avisan á los asistentes de los accidentes de nuevo sucedidos. Estos hacen sabedor al padre general, el cual juntándose en su consejo con todos estos sus asistentes, hacen una anatomia de todo el universo, proponiendo los intereses é intentos de todos los príncipes cristianos. De aquí se viene á poner en consulta todas las cosas que de nuevo les han escrito sus correspondientes, y examinándolas, contrapesando las unas con las otras, fácilmente concluyen que se favorezcan las cosas de un príncipe, y las de otro se opriman, segun sus intereses y útil particular; y como aquellos que miran desde afuera jugar, ven mas fácilmente los lances que los mismos que juegan, así estos padres teniendo delante de los ojos los intereses de todos los príncipes, saben muy bien observar las condiciones, el lugar y tiempo, y aplicar medios proporcionados para favorecer las cosas de un príncipe de quien conocen que pueden sacar interés.

Lo segundo es absolutamente malo, que religiosos se metan tanto en cosas de estado, debiendo solo atender á la salud de las almas, y de sus prójimos, pues se retiraron del mundo para esto; y que con este medio se metan mas en ellas que los seglares, cosa es de grandisimo daño y digna de eficaz remedio, por algunas muy malas consecuencias, que de ello se siguen.

Lo primero, confiesan estos padres gran parte de los estados católicos, y por poder acudir á los mayores, no admiten en sus confesonarios gente pobre, y muy de ordinario confiesan á los mismos príncipes. Así es que por este camino les es fácil penetrar todos los intentos, todas las resoluciones, así de príncipes como súbditos, y al punto avisan á su general ó asistente en Roma. Ahora con mediana prudencia se conocerá qué daño se puede hacer á este ó al otro príncipe, cuando su interés propio les mueve á esto, á donde como á su último fin enderezan todas sus acciones.

El segundo, como un accidente propio é inseparable, sigue la conservacion del estado, de manera que aquel no guardado, este necesariamente se arruina, por lo cual son rigorosisimos los príncipes contra los que descubren sus secretos, y los castigan como enemigos suyos y de la patria; por el contrario de entender y saber un príncipe los intentos de otro se gobierna mas cautamente, y mejoran su propio interés; por esto suelen gastar no pequeña suma de dinero los embajadores en espías, y con todo de ordinario se engañan en las relaciones, y avisos que les dan; pero los padres de la Compañía así por medio de los confesores y consultas que tienen sus correspondientes, que residen en todas las ciudades principales de la cristiandad, como por medio de otros sus dependientes (de quienes hablarémos abajo) son sincera y menudamente informados de todas las determinaciones y negocios que se tratan en los mas secretos consejos, y saben casi mejor que los mismos príncipes, sus rentas, gastos, é intentos, y esto sin mas gasto que el porte de las cartas, el cual, segun refieren los correos mayores, llega cada correo á sesenta i setenta escudos, y muchos á ciento. Así que conociendo ellos tan menudamente el estado de los príncipes, en su ánimo i estimacion les disminuyen el crédito, i con otros principes i el pueblo les quitan la reputacion, á los que ellos quieren hacer odiosos, i finalmente alborotaban y levantaban sus tierras, y tanto mas, cuanto por el mismo camino de las confesiones conocen lo mas íntimo de los ánimos de los vasallos, y saben el que es bien afecto al principe, y el que está mal satisfecho, y descontento; de donde por las relaciones que tienen de las cosas de estado, pueden fácilmente sembrar cizaña entre principes y ocasionarles mil sospechas y recelos. Así por el reconocimiento de los ánimos de los súbditos les es cosa fácil buscar alborotos, y ponerlos en discordia y menosprecio de la persona del príncipe: de donde es necesario concluir, que no conviene á los intereses del estado que ningun principe se confiese, ni menos consienta lo haga alguno de sus confidentes, familiares, secretarios, consejeros y ministros principales, con personas que con tanto cuidado procuran espiar las materias de estado, y que se sirven de estas como de medio necesario para granjear la gracia de los príncipes; pues no faltan hoy religiosos, y hombres de vida y doctrina no inferior á la de estos padres, de quien se pueden valer, porque no entienden ni cuidan de otra cosa que del gobierno de las almas y de sus monasterios.

Para mayor evidencia de cuanto se ha dicho, y se dice, conviene saber que hay cuatro suertes de jesuitas. La primera es de algunos seglares de uno y otro sexo que ellos llaman obediencia ciega, regulándose en todas sus acciones por el consejo de los padres de la Compañía, prontisimos á observar sus órdenes y mandatos. Estos son lo mas ordinario, caballeros y personas principales, viudas, ciudadanos, mercaderes, de los cuales como de fructuosas plantas, cogen cada año estos padres copiosisimos frutos de oro y plata. De esta clase son aquellas mujeres que vulgarmente llaman teatinas, las cuales son de estos padres reducidas al desprecio del mundo, y ellos entre tanto cogen sus joyas, vestidos, aderezos de casa, y finalmente muy buenas rentas.

La segunda parte es solamente de hombres sacerdotes, ó legos, los cuales aunque viven en el siglo, y bien de ordinario con el favor de estos padres obtienen pensiones, abadías, dignidades y otras rentas, tienen hecho voto de recibir el hábito de la Compañía, siempre que el general se lo mandare; por esto se llaman Jesuitas in voto; de los cuales se valen grandemente estos padres para la fábrica de su monarquía, porque los tienen en todos los reinos i provincias, y por todas las córtes de los principes y grandes, para que los sirvan en el modo que se dirá en el séptimo punto.

La tercera suerte es de aquellos que viven en sus monasterios, ahora sean sacerdotes, legos ó donados; los cuales no habiendo llegado á hacer su profesion pueden ser echados al beneplácito del padre general, pero ellos no se pueden salir. Estos como no tienen oficios, ni cargos de consideracion, de ordinario obedecen simplemente aquello que les mandan sus superiores.