ATOSSA
Amigos, el que ha pasado por males sabe bien que cuando viene sobre el hombre la tormenta del infortunio, de todo se aterra, al paso que si el viento de la fortuna le es favorable, consiéntese y le parece que por siempre jamás ha de soplar así. Hoy no veo cosa que no se ofrezca a mis ojos preñada de terrores. Todo cuanto pueda venir de los dioses antójaseme contrario. De continuo están resonando en mis oídos clamores que no son los clamores del triunfo. Tanta consternación y pavor pusieron en mi ánimo nuestros desastres. Con esta angustia, otra vez me encamino aquí desde mi morada; pero sin carroza, sin aquella lujosa pompa de antes. Vengo a traerle al padre de mi hijo las ofrendas propiciatorias que aplacan los manes de los muertos; la blanca y sabrosa leche de una ternera que nunca sufrió el yugo; la transparente miel, dulce humor que hurta a las flores la abeja laboriosa; las limpias aguas de una cristalina fuente con el puro licor que se engendra en el agrio seno del pesado racimo, gloria de la vid añosa, sin que falte el odorífero fruto del obscuro olivo cuyas ramas ostentan el verdor perenne de una perpetua vida, ni entretejidas flores hijas de la omnifecunda tierra. Conque, oh amigos, acompañad con himnos mis ofrendas a los muertos; evocad al divino Darío; que yo voy a derramar en honor de los dioses subterráneos estas libaciones que la tierra beberá bien pronto.
CORO
¡Oh reina, honor de los Persas, haz tú llegar esas libaciones a las obscuras moradas subterráneas, que nosotros pediremos con himnos que nos sean propicios los dioses que acompañan a los muertos hasta el seno de la tierra! — Ea pues, sagradas deidades infernales; Gea, Hermes, y tú rey de los muertos, restituíd el ánima de Darío de las tinieblas de esa mansión a la luz del día; que si es que aún hay remedio para nuestros infortunios, tan sólo él entre los mortales será quien lo sepa y pueda decirnos cuándo tendrán fin.
¿Oirás tú, rey bienaventurado y casi divino, estos plañidos desacordes, que en vuestra bárbara lengua salen de mis labios con todos los tristes acentos del dolor y la angustia? Desastres miserabilísimos habrán de revelarte mis clamores. ¿Me escucharás desde lo profundo?
Conque ea, oh Gea, y vosotros todos, dioses que guiais a los mortales a vuestras negras y profundas moradas, consentid que salga de ellas aquel espíritu generoso, aquel hijo de Susa, aquel dios de los Persas; enviad arriba, a la luz, a quien fué cual ninguno de cuantos sepultó nuestro patrio suelo.
¡Oh amada tumba!, ¡ah amada tumba, que escondes a un alma tan amada! ¡Oh Aidoneo, Aidoneo, así consientas en enviarnos a la luz a Darío! ¡Ay! ¡A quien fué un rey cual él lo fué! ¡él, Darío!
Jamás en la guerra que tantas vidas arrebata, jamás perdió él sus soldados. Igual en consejo a los mismos dioses era apellidado por los Persas; y sin duda que igual a ellos era en consejo quien siempre llevó sus ejércitos a la victoria. ¡Ay de mí!
¡Oh rey!, ¡oh antiguo monarca nuestro!, ven, acércate; aparece en lo alto de ese monumento; levántate ostentando el pie calzado con el rojo coturno y el espléndido ornamento de tu regia tiara. Ven, padre; ven, generoso Darío.
Aparécete a nosotros, señor de señores, por que oigas nuestros presentes e inauditos infortunios. Las tinieblas de la Estigia se cierne sobre nuestras cabezas y nos envuelven: nuestra juventud pereció toda entera. ¡Ven, padre; ven, generoso Darío!