¡Oh tú cuya muerte fué tan llorada de los que te amaban! ¡oh señor, señor! ¿cómo por dos veces pudo caer tu imperio, todo este vasto imperio que fué tuyo, en yerro tan desdichado? ¿Cómo se perdieron aquellas trirremes, aquellas nuestras naves, que ya no son sino despojos de naves, tristes y miserables despojos?

(Aparece la SOMBRA de DARÍO.)

LA SOMBRA DE DARÍO

¡Oh fieles entre los fieles, y compañeros de mi juventud; ancianos Persas! ¿qué tribulación aflige a nuestra ciudad? El suelo gime y se estremece herido y golpeado. Junto a mi tumba estoy viendo a la que fué mi dulce compañera, cuyas libaciones acabo de recibir propicio, y al verla, profunda turbación se apodera de mi alma: vosotros también estáis ahí en pie enfrente de este monumento, y plañís, y me evocáis con altas y lastimeras voces y gemidos, y hacéis que deje mi ánima las sombras sempiternas. Salida es esta nada fácil, sobre todo porque los dioses infernales son mejores para apoderarse de sus súbditos que no para soltarlos. Sin embargo, al fin logré hacerme dueño de su voluntad, y heme aquí entre vosotros. Mas apresuraos, no sea que se me acuse de tardanza. ¿Qué nuevo desastre pesa hoy sobre los Persas?

CORO

Turbado por el antiguo respeto, ni oso mirarte cara a cara, ni oso hablar en tu presencia.

LA SOMBRA DE DARÍO

Pues que acudiendo a tus ayes vengo del profundo, nada de prolijas razones; dímelo todo brevemente, y acaba. Depón esa reverencia que me tienes.

CORO

Temo satisfacerte; temo hablarte para haber de contar cosas tan amargas de decir a amigos.