CORO

¡Oh Zeus soberano! ¡Hoy destruiste aquel soberbio y numeroso ejército de los Persas, y cubriste de negro luto a las ciudades de Susa y Ecbatana! ¡Qué de madres comparten su dolor, y rasgan sus velos con sus débiles manos, y bañan su pecho con torrentes de lágrimas! Y las Persas que esperaban con amor ardentísimo volver a aquel dulce consorcio apenas consumado, y a aquellos regalados deleites de su florida juventud, vierten lágrimas sin fin sobre las blandas ropas de su lecho solitario por lo que perdieron para no cobrarlo jamás.

Y yo también tomo sobre mí con hartas veras la tristísima desventura de los que ya no vivirán entre nosotros.

Asia entera gime hoy al verse sin sus hijos. Xerxes los llevó ¡oh dolor!, ¡oh dolor! Xerxes los perdió. Xerxes lo entregó todo imprudentemente a las naves que caminan a merced de las olas. ¿Cómo fué que Darío, aquel amado príncipe de Susa, aquel caudillo de nuestros flecheros, llevó su ejército sin daño de su gente?

A todos los llevaron ¡oh dolor! las aladas naves de negras proas; a hombres de tierra y a los hombres de mar, y ¡oh dolor! a todos los perdieron las naves con su mortal encuentro. El mismo rey, según hemos oído, apenas pudo escapar de manos de los jonios, atravesando los ásperos caminos y tierras de la helada Tracia.

Pronto recibieron el golpe mortal de su triste suerte. Vencidos por el Destino implacable ¡ay! ¡ay! flotan dispersos frente a las costas de Cicrea. Llora; ríndete a tu cruel angustia; lamenta a gritos estos dolores que el cielo te envía. Suelta tu voz a las quejas y a los ayes.

El fiero mar hace juguete de sus ímpetus aquellos tristes despojos; los mudos hijos de su líquido y nunca manchado seno los despedazan; ¡ay lágrimas! Llora la casa la muerte de su perdido dueño; lloran los padres sin hijos esta desolación que manda sobre Persia la mano de los dioses. ¡Oh ancianos sin consuelo, que no oís cosa que no sea incentivo para vuestro dolor!

Ya no vivirán sujetos a la dominación de Persia los pueblos de Asia; ya no pagarán el tributo a que los obligaba la ley de la servidumbre; ya no escucharán de rodillas la voluntad del que fué su señor. El imperio del rey quedó aniquilado.

Ya no guardarán su lengua los súbditos; que el pueblo se suelta a hablar libremente así que se ha soltado el yugo que le obliga a doblegarse. La isla de Ayax encierra en sus sangrientos campos y en las ondas que la ciñen todo el poderío de los Persas.

(Sale ATOSSA.)