Hay un islote frente a las costas de Salamina, casi cerrado a las naves; en sus orillas acostumbra a juntar sus coros el dios Pan. Allí era donde Xerxes había enviado sus tropas, por que cuando deshecho el enemigo buscase su salvación en aquel lugar, pudiésemos hacer fácil presa en él, y acabar con todo el ejército heleno; y además para que pusiéramos en salvo a aquellos de los nuestros a quienes arrojase en sus riscos la furia de los mares. Mal conoció lo porvenir. Los cielos dieron a la armada helena la gloria del combate, y aquel mismo día, cubiertos con sus broncíneas armaduras, saltan de sus naves los vencedores, rodean la isla, y los persas no saben ya hacia dónde volverse. Miles de piedras enemigas los hieren; las veloces flechas de sus arqueros los rematan, y, por último, échanse todos de golpe sobre ellos, y cortan, y degüellan y hacen cuartos a los infelices, hasta que no quedó a vida ni uno solo. Xerxes, que vió aquel océano de desastres, lanzó un ay lastimero. Porque tenía su trono en una elevada colina cerca del mar, desde la cual atalayaba todo el campo. Rasga sus vestiduras; rompe en agudos gemidos; manda que al punto marche en retirada el ejército de tierra, y él mismo se pone en desordenada fuga. He aquí la calamidad que sobre la primera tendrás que lamentar ahora.
ATOSSA
¡Oh fortuna cruel, y cómo burlaste los pensamientos de los Persas! ¡Amarga venganza tomó mi hijo de la famosa Atenas! ¡No fueron bastantes los bárbaros que en otro tiempo perecieron en Marathón, sino que imaginándose tomar el desquite, había de traer mi hijo sobre sí tanta infinidad de daños! Pero, dime tú: ¿quiénes han escapado de la pérdida de la armada? ¿Dónde los dejaste? ¿No pudieras decirme algo cierto sobre ellos?
MENSAJERO
Los capitanes de los bajeles que aún quedaban diéronse a huír siguiendo el viento, desordenados y en tumulto. En cuanto al ejército de tierra que se había salvado, parte perecieron en Beocia, ahogados de sed junto a las mismas codiciadas y reparadoras fuentes; los demás sin alientos atravesamos la Phócida y la Dórica, y los llanos vecinos al golfo de Melias, regados por las saludables aguas del Esperquio. De allí llegamos a los campos de Acaia y a las ciudades thesalias, afligidos con la penuria de mantenimientos. Allí murieron los más de hambre y sed; plagas las dos que a la vez nos consumían. Pasamos Magnesia y Macedonia; vadeamos el Axio; cruzamos los pantanosos cañaverales de Bolbes, y el monte Pangeo y la comarca de Edonia. Estando aquí, algún dios, a no dudar, envió aquella noche una helada fuera de tiempo, que heló toda la corriente del sagrado Estrimonio. Y tal hubo entonces, que de antes nunca había acatado la ley de los dioses, y ahora los invocaba con súplicas, y se postraba de hinojos, y adoraba la tierra y el cielo. Luego, pues, que el ejército hizo larga oración de rogativa, comenzó a atravesar aquel paso a la sazón vuelto en apretados cristales. Quienquiera que pasó antes que el dios del día comenzara a derramar sus rayos sobre la tierra, quedó a salvo; mas así que la encendida y luciente esfera del sol penetró con su llama por medio del helado tránsito y derritió sus cristales, comenzaron a caer los soldados los unos sobre los otros, y por feliz pudo tenerse quien en breves instantes dió el último vital aliento. Los que sobrevivieron y lograron salvarse atravesaron la Tracia a duras penas y con grandes trabajos; y por fin algunos, no muchos, llegan ahora en huída a la tierra donde tienen sus hogares, para poner angustia en el corazón de la Persia, que clamará por la cara flor de sus hijos perdida para siempre. Esta es la verdad de lo sucedido; mas he pasado por alto en mi relación muchos de los males con que el cielo afligió a los Persas.
CORO
¡Oh Destino funestísimo! ¡Y cuán pesadamente has brincado con entrambos pies encima de toda la raza persa!
ATOSSA
¡Ay desdichada de mí, que ha sido aniquilado el ejército! ¡Oh clara visión de mis sueños, y con qué verdad me revelabas estos males! ¡Y vosotros, con cuánta ignorancia los interpretasteis! Con todo ello, puesto que así lo decidió vuestro dictamen, quiero ante todas cosas hacer oración a los dioses. Después vendré otra vez de mi estancia trayendo libaciones y ofrendas para la tierra y para los manes de los que han muerto. Bien conozco que esto es ya sucedido y sin remedio, mas oremos porque en lo venidero acontezca algo que sea más favorable. A vosotros toca ahora aconsejar a los amigos según pide la amistad verdadera. Consolad a mi hijo, si llegare aquí antes que yo; acompañadle a casa, no sea que por ventura añada él un nuevo mal a los males ya sufridos.
(Vase.)